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Yo te llamé por tu nombre Por: P. Noel Lozano Las cartas sobre la mesaViernes, 16 de Octubre de 2020 00:00 a.m.

El tema de nuestra reflexión es llenarnos de paz y espantar el miedo de nuestra vida, contemplando la soberanía y el señorío del Dios que nos llama y acompaña en todos los acontecimientos de la historia.

El libro de Isaías hace un repaso de hechos históricos. Él es el Señor y no hay otro. Israel ha aprendido que el Señor no es solamente el único Dios de Israel, sino que es, en absoluto, el único Dios existente. El testimonio de la escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las sagradas escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: "Nuestro Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo realiza" (Sal 115, 3); y de Cristo se dice: "si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir" (Ap 3, 7); "hay muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21).

"Yo te llamé por tu nombre, aunque tú no me conocías", leemos estas palabras en el libro de Isaías, que comentan las gestas de Ciro en favor de Israel. El profeta ve todo aquello que Ciro ha hecho, como parte del llamado divino; ve en Ciro, no sólo el rey de Persia, sino el ungido del Señor; es decir, ve en él un instrumento humano de los designios del Dios de la historia. De aquí se siguen algunas consideraciones importantes: el Señor no fuerza la libre determinación del rey; sin embargo, sin que él se dé cuenta exactamente, guía sus pasos: Yo te llamé por tu nombre, aunque tú no me conocías. Se demuestra, como en otras ocasiones, la iniciativa de Dios en la elección de los hombres. Es Dios el primero en salir a nuestro encuentro. Es Dios rico en amor y misericordia, quien no se olvida de nosotros. No se olvida de aquella criatura que Él mismo creó al inicio de los tiempos, pero que se alejó de Él por el pecado. Es Dios quien, con entrañas de padre, siente ternura por sus hijos.

En realidad es la misión dada por Dios que transforma a los hombres en personas capaces de llevar adelante esa tarea, en medio de las complicaciones históricas que les toca vivir.

Este modo de obrar de Dios se repite en la historia de cada ser humano: "Yo te llamé por tu nombre...aunque tú no me conocías". Al llamarnos por nombre, el Señor revela sus pensamientos de benignidad sobre nosotros, porque los pensamientos de Dios son de paz y no de aflicción. Nuestro nombre pronunciado dulce y firmemente por Dios adquiere sentido y un valor trascendente. Nuestra pequeña vida, en cierto sentido, se ha convertido en sagrada, desde el día en que Dios pronunció nuestro nombre. Sin embargo, muchas veces, da la impresión de que no conocemos al Señor; parece que, aunque Dios pronuncia nuestro nombre, no sabemos quién es y cuáles son sus planes e intenciones. Caminamos con sospecha por la vida en vista del mal existente a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. Caminamos atemorizados ante la perspectiva de la muerte, de la inevitable caducidad del mundo y las criaturas, de la acción de las fuerzas del mal, y más en esta pandemia que nos trae de cabeza. Entonces es necesario, más que nunca, escuchar que Dios pronuncia nuestro nombre con amor, pero con autoridad. Él nos da un título, nos pone en pie, nos da una tarea que realizar. Él vence el mal con el bien y nos hace instrumentos de bien, como a Ciro.

Debemos, pues, reconocer que el Señor es Dios y no hay otro. Reconocer que él tiene en sus manos los hilos de la historia y que su poder y bondad actúan ya, aunque de modo misterioso, en este mundo y lo preparan para su final transformación. Sólo en Jesús llegaremos a la plena realidad del "ungido del Señor" aquel que libera definitivamente a su pueblo de la esclavitud, de la muerte, del pecado, de la enfermedad y de las pandemias. En Jesús conocemos la bondad del Padre, porque Él nos revela el rostro amoroso del Padre.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros.

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