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Yendo más allá de los errores y las debilidades Por: Ron Rolheiser Ron RolheiserMartes, 15 de Septiembre de 2020 02:00 a.m.

Lo excusable no necesita ser excusado y lo inexcusable no puede ser excusado.

Michael Buckley escribió esas palabras y contienen un desafío importante. Siempre estamos tratando de poner excusas por cosas por las que no necesitamos excusas y siempre estamos tratando de excusar lo inexcusable. Tampoco es necesario. O útil.

Podemos aprender una lección de cómo Jesús trató a los que lo traicionaron. Un buen ejemplo es el apóstol Pedro, especialmente elegido y llamado la mismísima roca de la comunidad apostólica. Pedro era un hombre honesto con una sinceridad infantil, una fe profunda, y él, más que la mayoría de los demás, comprendió el significado más profundo de quién era Jesús y lo que significaba su enseñanza. De hecho, fue él quien, en respuesta a la pregunta de Jesús (¿Quién dices que soy yo?)

Respondió: "Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente". Sin embargo, minutos después de esa confesión, Jesús tuvo que corregir la falsa concepción de Pedro de lo que eso significaba y luego reprenderlo por tratar de desviarlo de su misión. Más en serio, fue Pedro quien, a las pocas horas de una jactancia arrogante de que aunque todos los demás traicionarían a Jesús, él solo permanecería fiel, traicionó a Jesús tres veces, y esto en la hora más necesitada de Jesús.

Más tarde conocemos la conversación que Jesús mantiene con Pedro en relación con esas traiciones. Lo significativo es que no le pide a Pedro que se explique, no lo disculpa y no dice cosas como: "¡En realidad no eras tú mismo! ¡Puedo entender cómo alguien puede estar muy asustado en esa situación! Puedo sentir empatía, ¡yo sé lo que el miedo puede hacerte!" Nada de eso. Lo excusable no necesita ser excusado y lo inexcusable no puede ser excusado. En la traición de Pedro, como en nuestras propias traiciones, siempre hay algo de ambos, lo excusable y lo inexcusable.

Entonces, ¿qué hace Jesús con Pedro? Él no pide una explicación, no pide disculpas, no le dice a Pedro que está bien, no ofrece excusas por Pedro y ni siquiera le dice a Pedro que lo ama. En cambio, le pregunta a Pedro: "¿Me amas?" Pedro responde que sí, y todo avanza a partir de ahí.

Todo avanza a partir de ahí. Todo puede avanzar después de una confesión de amor, no menos una sincera confesión de amor tras una traición. Las disculpas son necesarias (porque eso es apropiarse de la culpa y la debilidad para así quitarla por completo del alma del que fue traicionado) sin embargo, las excusas no ayudan. Si la acción no fue una traición, no es necesaria ninguna excusa; si lo fue, ninguna excusa la absuelve. Una excusa o un intento de lograr una tiene dos propósitos, ninguno de los cuales es bueno. Primero, sirve para racionalizar y justificar, nada de lo cual es útil para el traicionado o el traidor. En segundo lugar, debilita la disculpa y la hace menos limpia y completa, por lo que no quita completamente la traición del alma del que ha sido traicionado; y, por eso, no es una expresión de amor tan útil como un reconocimiento claro y honesto de nuestra traición y una disculpa que no intenta excusar su debilidad y traición.

Lo que nos pide el amor cuando somos débiles es una admisión honesta, no racionalizada, de nuestra debilidad junto con una declaración del corazón: "¡Te amo!". Las cosas pueden avanzar a partir de ahí. El pasado y nuestra traición no se borran ni se excusan; más, enamorados, podemos vivir más allá de estos. Eliminar, excusar o racionalizar es no vivir en la verdad; es injusto para el traicionado ya que él o ella soporta las consecuencias y las cicatrices.

Solo el amor puede llevarnos más allá de la debilidad y la traición, y este es un principio importante no solo para aquellos casos en la vida en los que traicionamos y lastimamos a un ser querido, sino para nuestra comprensión de la vida en general. Somos humanos, no divinos, y como tales somos acosados, congénitamente, en cuerpo y mente, con debilidades e insuficiencias de todo tipo. Ninguno de nosotros, como dice gráficamente San Pablo en su Epístola a los Romanos, jamás está a la altura.

El bien que queremos hacer, lo terminamos sin hacer, y el mal que queremos evitar, lo terminamos haciendo habitualmente. Algo de esto, por supuesto, es comprensible, excusable, al igual que algo de esto es inexcusable, salvo por el hecho de que somos humanos y en parte un misterio para nosotros mismos. De cualquier manera, al final del día, no se piden (o son útiles), las justificaciones o las excusas.

No avanzamos en la relación diciéndole a Dios o a alguien a quien hemos herido: "¡Tienes que entender! En esa situación, ¿qué más podía haber hecho yo también? ¡No quise lastimarte, fui demasiado débil para resistir!" Eso no es útil ni necesario. Las cosas avanzan cuando, sin excusas, admitimos nuestra debilidad y nos disculpamos por la traición. Como Pedro cuando Jesús le preguntó tres veces: "¿Me amas?", de corazón tenemos que decir:  "Tú lo sabes todo, tu sabes que te amo".

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