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¡Ya me cayó el veinte!Domingo, 14 de Enero de 2018 00:01 a.m.

Para contestar una llamada telefónica, poco a poco se ha ido construyendo un catálogo de fórmulas para iniciar la conversación. Entre otras: “¿Diga?”, “¿Sí?”, “A sus órdenes”, “¿Hola?” o el “Aló” que usan algunos países sudamericanos y que no es otra cosa más que una imitación del inglés “Hello”. A pesar de tantas variantes, la mayoría de los mexicanos nos decantamos por la tradicional pregunta “¿Bueno?”, eso sí, como un reflejo de nuestra personalidad, cada quién le ponemos un toque especial a la pronunciación.

Pero ¿por qué contestamos el teléfono con la pregunta “¿bueno?”? Esta costumbre se originó en los primeros años de la telefonía en México, cuando al llamar, primero contestaba una operadora o telefonista, como entonces les decían, y era ella quien en forma manual hacía la conexión entre los hablantes. Las frecuentes fallas, propias de una tecnología que hacía sus pininos, no aseguraban que la otra persona estuviera escuchando, así que antes de iniciar la conversación había que cerciorarse de que las líneas funcionaran bien, y esto se hacía con la pregunta: “¿bueno?”. Si no había respuesta, es que aquel intento había resultado “malo”.

Para entenderlo mejor, es la misma situación que hoy se da cuando tomamos un micrófono y antes de echarnos nuestro discurso, con un “Bueno, bueno… probando, probando”, nos aseguramos que de todo está en orden.

La tecnología ha avanzado a pasos agigantados, las fallas ahora son esporádicas, pero en la memoria popular de los mexicanos se grabó a fuego que, al contestar el teléfono, debemos decir “¿Bueno?”. 

Aprovechando el tema, ¿sabe usted quién inventó el teléfono? Empieza con “A”… (Pausa)… Con mucha probabilidad, muchos de ustedes pensaron en Alejandro Graham Bell, porque así nos lo enseñaron. Pero resulta que habíamos vivido engañados. ¡No!, el verdadero inventor de este aparato fue el italiano Antonio Meucci.

Un día del año 1860, en New York, hubo un gran alboroto porque, ante el público, Meucci dio a conocer su invento que permitió que la voz de un cantante se escuchara a una gran distancia. De la sorpresa que esto causó entre la muchedumbre, dejaron constancia los periódicos de la época.

Por sus escasos recursos, Meucci nunca pudo patentar su invento. Pero le alcanzó para pagar un aviso ante la oficina de patentes que le daba protección provisional, y que tenía que renovar cada año. Para no hacer el cuento largo, cuando en 1876 Alejandro Graham Bell patentó el teléfono, Meucci se puso fúrico y fue a reclamar a la oficina de patentes y se encontró con que, misteriosamente, sus papeles se “habían perdido”. Contrató a un abogado para demandar a Bell, pero con sobornos y artimañas todo quedó en agua de borrajas. Meucci nunca dejó de pelear, pero por su falta de recursos siempre se topaba en pared. Así frustrado y en la miseria vivió sus últimos años hasta que, en 1889, terminó su vida.

Por fortuna para Meucci, aunque ya después de atole, apenas el 11 de junio de 2002 la Casa de Representantes de Estados Unidos emitió una resolución en donde oficialmente se reconoce a Antonio Meucci como inventor del teléfono. Bueno, más vale tarde que nunca...

cayoelveinte@hotmail.com

Twitter: @harktos


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