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Volver a las fuentesMiércoles, 14 de Agosto de 2019 01:36 a.m.

Se ha hablado tanto y se ha escrito tanto más sobre la felicidad. Hay canciones, películas, video clips, manuscritos, obras de teatro, poesías, pinturas y esculturas, así como expresiones plásticas y escénicas que han tratado el tema, como hurgando es sus entrañas para tratar de entenderlo y luego hacerlo vida.

Particularmente ese ha sido uno de los tópicos más interesantes y misteriosos, así como universales, que también ha consumido tinta y bytes en mis renglones, además por supuesto de energía mental y horas de reflexión. De tal forma que solamente puedo brindar una opinión personal y por esencia subjetiva que abone algún pretexto suficiente para causar en quien lo llegue a leer una inquietud iniciadora de otro proceso personalísimo de introspección en el ejercicio del pensamiento crítico como herramienta para subsistir, entendiendo que la subsistencia en nuestra esencia humana supone el bienestar y este, a su vez, la llamada felicidad. 

Lo que me ha resultado paradójico es que en el frenesí de la humanidad que busca desesperadamente la felicidad perfecta y apunta su inteligencia y sabiduría a lograrlo a través de la tecnología, los sistemas económicos y las formas de gobierno, ha logrado precisamente alejarse de la posibilidad de conseguirlo, en parte porque en su afán por ponerse en el centro del universo y privilegiar el placer por encima de todo, ha deshumanizado aquella parte de su esencia que tiene que ver con el servicio, con el lograr satisfacción luego de poner en práctica los dones propios en beneficio de los demás. 

Esta persecución sin fin, como la de un perro a su propia cola, ha traído como saldo un entorno social alterado desde sus células originales hasta las instituciones en donde se coexiste. Buscar tener, aparentar, acumular, competir para ganar, privilegiar lo vano, encumbrar la belleza física, evitar la frustración, el dolor y el sacrificio se han vuelto los valores que motivan los esfuerzos de quienes caminan en busca de algo de lo cual se alejan. 

Nunca ha sido más atinada y aplicable aquella frase que dice “es preciso volver a las fuentes”. Volver a las fuentes es voltear a la existencia entendiendo la propia naturaleza y adecuando la propia realidad a ésta. La felicidad está en la adecuación del ser con su propia esencia en el plano de la existencia que se realiza en su propósito, su vocación que se hace vida en el servicio a los demás, en su entorno y su tiempo, a pesar de dificultades y sinsabores. 

Los caminos falsos llevan a salidas y a destinos falsos, aunque se visten de colores y brillos atractivos conducen al vacío que a su vez comienza la sequía que termina por marchitar el alma, en donde reside la capacidad de ser felices. La consecuencia es una masa social sin brillo, con tendencias a la tristeza y al híper estrés. 

Pero en nuestra propia naturaleza, en las fuentes de nuestro ser está la respuesta. Lo que llena los recipientes de la intimidad de la humanidad es aquello para lo cual fueron creados. No hay nada que pueda llenar algo que no existe para eso. 

La felicidad es el resultado de un alma plena de Dios, una inteligencia en movimiento, un ser respondiendo a la razón de su existencia y un cuerpo sano en equilibrio con las demás dimensiones y con su entorno de cosas y de personas. Siempre hay tiempo mientras no se acaba la existencia para recobrar la propia esencia y experimentar de forma simple la felicidad.

Armando Arias Hernández es Licenciado en Ciencias de la Información y Comunicación, estudió una Maestría en Desarrollo Organizacional en la UDEM y se desempeña como conferencista y consultor de negocios PYME y profesor de asignatura en la UDEM.  aarias@desarrollarte.com.mx /  HYPERLINK "http://www.desarrollarte.com.mx/"www.desarrollarte.com.mx / Twitter: 

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