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Ver, escuchar y sentir el amor de Dios Por: P. Noel Lozano Las cartas sobre la mesaViernes, 26 de Febrero de 2021 02:00 a.m.

El amor, sea de Dios al hombre, sea del hombre a Dios, es lo que leemos en las Sagradas Escrituras este segundo domingo de Cuaresma. El amor de Dios a los discípulos que, después del primer anuncio de la pasión, les revela el esplendor de su divinidad; y vemos, el amor de los discípulos en la disponibilidad para obedecer al Padre que les dice: Éste es mi Hijo muy amado. Escúchenlo.

Amor misterioso, paradójico, de Dios a Abraham, al infundirle una absoluta confianza en su providencia, frente al mandato de sacrificar a su hijo Isaac; y vemos el amor de Abraham a Dios, al estar dispuesto a sacrificar a su hijo único en obediencia amorosa. Amor de Dios que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros; y contemplamos el amor de Jesús que nos salvó mediante su muerte e intercede por nosotros desde su trono a la derecha de Dios. Y es que es así, el amor necesariamente tiene que ser correspondido.

En las relaciones humanas, el amor adopta diferentes formas. En las relaciones entre el hombre y Dios sucede lo mismo. Te sugiero pensar y reflexionar en tres formas de expresar el amor.

1. Ver. Sobre el monte Moria "Dios pro-vee" y de esta manera manifiesta su amor a Abraham. Por su parte, Abraham "vio" un carnero enredado en un matorral y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Así mostró su amor agradecido al Señor. En el texto evangélico, Pedro, Santiago y Juan vieron a Jesús transfigurado con el esplendor de la divinidad y por los ojos les prendió el deseo de morar allí contemplando y gozando amorosamente de esa experiencia inefable. Los ojos son las ventanas del amor: por ellos entra el amor como el rayo de luz por el cristal, y por los ojos pasa transparente y luminoso el rayo del amor desde el corazón hacia el exterior para incidir en la persona amada. Esto que acaece con el amor humano, sucede por igual en las relaciones de amor entre el hombre y Dios. Aprendamos a ver, en medio de esta pandemia, la presencia de Dios en nuestro entorno.

2. Escuchar. Es dulce al oído escuchar la voz de la persona amada. Por eso, Abraham que ama a Dios, escucha su voz que le llama y enseguida responde: "Aquí estoy", en un gesto de disponibilidad desde el amor. Por eso, el Padre invita a los discípulos a escuchar a Jesús para que a través de sus palabras lleguen a sus oídos las revelaciones del amor hasta la locura de la cruz. Escuchar la voz del amado entraña una actitud de obediencia. De ahí que la auténtica obediencia cristiana coincida con la escucha de la voz divina, que pone en movimiento el deseo de hacer lo que quiera el amado. Escuchemos a Dios en tantas situaciones retadoras de estos tiempos, en un nacimiento, en una boda, en los enfermos, en los tristes, en los que están de duelo... Dios nos sigue hablando.

3. Experimentar. Sólo cuando el amor baja al terreno de la experiencia vital es amor poderoso y eficaz. Un amor que no pase por la experiencia corre el peligro de degenerar en egoísmo, en abstracción, o en puro sentimentalismo. Abraham experimentó el amor fiel de Dios, por eso su amor permaneció enhiesto y firme en el momento de la prueba. Jesús experimentó el amor del Padre y el amor a los hombres, por eso pudo abrazar la cruz con decisión y libertad. Y a Pablo, que ha experimentado de modo fuerte el amor de Cristo, ¿quién le podrá separar de ese amor? Hagamos esta experiencia en nuestro estado de vida, en la medida en la que aprendamos a amar, en esa medida experimentaremos la alegría de ser más auténticos y entregados a los demás.

Esta Cuaresma puede ser un "momento de Dios" para arrancarnos el miedo, todo miedo y cualquier miedo a ver, escuchar y experimentar el amor de Dios en nuestras vidas. Huyamos del miedo a nosotros mismos, miedo a elevarnos al nivel de existencia que nos corresponde como seres humanos y como amigos de Jesús; sólo Jesús nos eleva a su nivel, nos ayuda a ahuyentar los miedos que nos carcomen con esta pandemia y caminar con la seguridad de su amor. 

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros.

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