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Van mis restosDomingo, 30 de Octubre de 2016 00:44 a.m.
Cuando la vida se va, se quedan nuestros restos. A partir de ese momento dejamos de ser nosotros y pasamos a ser ‘el muerto’ o para decirlo más suave… ‘el muertito’. Aunque vale decir que para referirse a esa cáscara que nos contenía, hemos creado un variado catálogo de palabras:  

Una de ellas es cadáver, que algunas leyendas le dan origen en una supuesta frase que los romanos grababan en los sepulcros ‘‘CAro DAta VERmibus’’ cuyo significado sería ‘carne dada a los gusanos’; pero, esta creencia es solo imaginación. Lo cierto es que la palabra viene del latín cadere ‘caer’, y un cadáver es un caído, de modo que ahora nos sonará a disparate cuando, para exigir algo, oigamos que alguien diga ‘‘cáite cadáver’’.

Difunto, otra palabra para nombrar el cuerpo inerte de quien se fue. Viene del latín defunctus ‘el que ha cumplido’, de defungi, ‘cumplir, acabar, pagar una deuda’. En Roma, para ser difunto, no se necesitaban tantos requisitos, bastaba con dejar de funcionar en este mundo, por eso se decía defunctus terra. Después, por abreviación, bastó decir difunto a quien ya muerto, dejaba de fungir en la tierra.

El occiso también es un muerto, pero no cualquiera. Del latín occidere que significa ‘‘matar, asesinar’’, derivó occisión –voz usada en el español antiguo–, que significaba ‘‘muerte violenta” y occiso, la víctima de una occisión. Entonces, para que un muerto se jacte de ser occiso, debe demostrar que su vida le fue arrancada con violencia.

Del latín fallere ‘equivocar’, derivaron palabras que encierran ese concepto como: falso, falaz, falacia, falta, falla y fallecer. Hay en estas palabras una asociación con la idea de ‘caer’, que se hace más visible en “desfallecer”. Entendemos entonces que un fallecido, es el que cayó, sí, lo mismo que el cadáver.  

Sea cadáver, difunto, occiso o fallecido, la naturaleza no da mucho margen para decidir lo que se ha de hacer con esos restos. Lo tradicional en nuestra cultura es, sin demora, meterlos en un ataúd ‘del árabe at-tabut (caja)’, rendirle los honores según las creencias y luego enterrarlos, o sea, ‘cubrirlos de tierra’ y luego… adiós.

En tiempos recientes, tal vez por economía, sigue ganando terreno la incineración de los restos mortales; de incinerare ‘reducir a cenizas’. Unas cuantas horas en un horno a 900 g.c. dejarán solo dos kilos de cenizas de todo lo que fuimos, polvo de huesos que enclaustrado en una urna será entregado a nuestros familiares. Con más fortuna, nuestra gran masa que es materia volátil, en su mayoría vapor de agua, escapará por una chimenea y pronto caerá como lluvia para volver a la tierra, ya sin nuestro recuerdo.

Para no hacer menos a los restos de mis restos, a mí me gustaría que cuando me incineren, no los dejen encerrados en una urna que habite en la frialdad de un desolado nicho. Después de todo no son solo mis restos, me queda claro que esos átomos que una vez me formaron, antes fueron de otros seres... tal vez un árbol, un insecto, una roca, un dinosaurio, un moro, un cristiano, un ateo, ¡no sé!, las posibilidades son infinitas.

Así como yo fui hecho de otros restos, que liberen a los míos en un río o en cualquier montaña para que prestos vayan a ser parte de otras cosas. Uno nunca sabe, tal vez un día, algo de ellos sean diminuta parte de la cintura de una princesa.

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos
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