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Una oración honesta ... Por: Ron Rolheiser Ron RolheiserMartes, 16 de Febrero de 2021 02:00 a.m.

 En el transcurso de unos meses, su esposo se divorció de ella, perdió su trabajo, se vio obligada a mudarse de la casa en la que había vivido durante muchos años, fue encerrada en su nuevo lugar por restricciones de Covid y le diagnosticaron un cáncer que podría ser intratable. 

Todo eso era demasiado. En un momento, ella rompió en ira y resignación. Se volvió hacia Jesús y con amargura dijo: "si estás ahí, y lo dudo, ¿qué sabes tú de todo esto? ¡Tú nunca estuviste tan solo!". Sospecho que todos tenemos momentos como este. ¿Qué sabe Jesús de todo esto?

Bueno, si podemos creer en los evangelios, Jesús sabía todo esto, no porque tuviera una conciencia divina, sino porque, al igual que la mujer de la historia, sabía desde el principio lo que significaba ser el que está solo, fuera del círculo humano normal.

Esto es evidente desde su nacimiento. Los evangelios nos dicen que María se vio obligada a dar a luz a Jesús en un establo porque no había lugar para ellos en la posada. ¡Ese posadero desalmado! El pobre ha tenido que soportar siglos de censura. Sin embargo, ese pensamiento pierde el sentido de la historia y malinterpreta su significado. La moraleja de esta historia no es que tuvo lugar una crueldad sin corazón o que el mundo estaba demasiado preocupado por sí mismo como para darse cuenta del nacimiento de Jesús, aunque esta última implicación es cierta. Más bien, el punto real es que Jesús, el Cristo, nació como un forastero, como uno de los pobres, como alguien a quien, desde el principio, no se le dio un lugar en lo convencional. Como dice Gil Bailie, Jesús era unanimidad-menos-uno. ¿Cómo podría ser de otra manera?

Dado quién era Jesús, dado que su mensaje central era una buena noticia para los pobres, y dado que entró en la vida humana precisamente para experimentar todo lo que contiene, incluidos sus dolores y humillaciones, difícilmente podría haber nacido en un palacio, disfrutar de cada tipo de apoyo, y ser el centro de amor y atención. Para ser realmente solidario con los pobres, como dijo una vez Merton, tenía que nacer "fuera de la ciudad"; y si ese fue el caso históricamente o no, es una metáfora valiosa y de gran alcance. Jesús conoció desde el principio tanto el dolor como la vergüenza del excluido que no tiene cabida en lo convencional.

Cuando miramos de cerca los evangelios, vemos que no hubo dolor humano, emocional o físico, del cual Jesús se haya salvado. Afirmo que es seguro decir que nadie, independientemente de su dolor, puede decirle a Jesús: ¡Tú no tuviste que pasar por lo que yo tuve que pasar! Él lo pasó todo.

Durante su ministerio, se enfrentó al constante rechazo, el ridículo y la amenaza, y en ocasiones tuvo que esconderse como un criminal en fuga. También era célibe, uno que dormía solo, uno privado de la intimidad humana normal, uno sin familia propia. Luego, en su pasión y muerte, experimentó los extremos del dolor físico y emocional. Emocionalmente, literalmente "sudó sangre" y físicamente, en su crucifixión, soportó el dolor más extremo y humillante posible para un ser humano.

Como sabemos, la crucifixión fue diseñada por los romanos con más que solo la pena capital en mente. También fue diseñada para infligir la mayor cantidad de dolor y humillación posible para una persona. Esa fue una de las razones por las que a veces le daban morfina al que estaba siendo crucificado, no para aliviar su dolor, sino para evitar que se desmayara y escapara del dolor. La crucifixión también fue diseñada para humillar por completo al que estaba siendo condenado a muerte. Por lo tanto, desnudaban a la persona, de modo que sus genitales quedaran expuestos y que, en sus convulsiones agonizantes, el aflojamiento de sus entrañas sería su última vergüenza. Además, algunos eruditos especulan que durante la noche previa a su muerte el Viernes Santo, también pudo haber sido abusado sexualmente por los soldados. Verdaderamente no hubo dolor o humillación que no soportara.

Una antigua y clásica definición de oración nos dice esto: oración es elevar la mente y el corazón hacia Dios. Bueno, habrá momentos bajos en nuestras vidas cuando nuestras circunstancias nos obliguen a elevar nuestras mentes y corazones a Dios de una manera que parece la antítesis de la oración. A veces seremos llevados a un punto de ruptura donde, en el quebrantamiento, la ira, la vergüenza y en el pensamiento desesperado de que a nadie, incluido Dios, le importa y que estamos solos en esto, conscientes o no, confrontaremos a Jesús con las palabras: ¡Y tú qué sabes de eso! Y Jesús escuchará esas palabras como una oración, como un sincero suspiro del corazón, más que como una especie de irreverencia.

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