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Una de futbolPor: Armando Arias AmbulandoMiércoles, 2 de Diciembre de 2020 00:00 a.m.

Por la calle de Prolongación Madero, en la Colonia Vista Hermosa de esta ciudad, en una casa propiedad de una familia de religión judía, fue el lugar donde pase mis primeros cuatro años de vida. 

Recuerdo con nostalgia ver a mi padre disfrutar de un partido de futbol durante un rato de domingo, sentado frente al televisor, con una cerveza en la mano. Recuerdo también que me quedaba a acompañarle más por el deseo de estar junto a él que de entender siquiera lo que veía. Encontraba aquello aburrido por decir lo menos. 

Bastaron diez años más para cambiar de opinión en lo que al futbol se refiere, y unos quince para tomarle el gusto a lo de la cerveza. No tengo claro con exactitud cuando asistí por primera vez a un estadio de futbol profesional como aficionado, de la mano de mi padre, que me llevó siendo un niño de unos ocho años, y me compró un escudo de vinilo con el escudo impreso del que desde aquel día es el equipo al que sigo y apoyo. 

En aquellos años, por algún tiempo, los dos equipos de casa jugaban en el Estadio Universitario, alternando semanas para hacerlo. Así que mis primeras experiencias como novel aficionado sucedieron en aquel recinto. Años después pude acudir a partidos clave para mi equipo, ya en el desaparecido estadio del Tecnológico, cuando ganaron algún campeonato o jugaron eliminatorias. Ahí mismo pude ver un juego de campeonato Mundial. 

Conocí algunos recintos más, en la Ciudad de México, en León, en Guadalajara, en alguna oportunidad, en cualquier torneo donde hubiera acción. Sigo disfrutando del deporte como una forma de espectáculo recreativo, como un generador de conversaciones y como una forma divertida de convivencia. Entiendo que forma parte importante de la cultura de nuestra comunidad y que, visto dentro de los límites y con los valores correctos, es un detonador de la práctica de actividades saludables entre los niños y los jóvenes, aunque también sé que entre los adultos. También sé que trae consigo otras prácticas que pueden derivar en excesos que dañan la salud, a las personas y a la sociedad, y que en el ámbito profesional es más un negocio que un deporte de competencia pura. 

Para quien está en esa industria, el tema es fundamental, porque de su actividad depende su forma de vida, sus ingresos y acaso su realización. Para quien está en la tribuna, o detrás de una pantalla y juega como espectador, el tema es mucho menos trascendente, o al menos eso creo que debería ser. Cada vez vemos más escenas de fanatismo en los estadios, fuera de ellos, en las redes y en los medios. El futbol se ha vuelto tan importante para que algunos decidan poner fin a relaciones, golpear a alguien o perder el control cuando su equipo se ve afectado por una mala decisión, por un insulto, o por cualquier otra manifestación contraria.

Detrás de esto hay una realidad compleja que merece ser observada, pero que por lo menos refleja la necesidad de llenar un vacío que no se puede llenar con una afición. Cómo estarán las cosas que se idolatra a algunas personas que muestran su falta de integridad humana, cívica y moral pero que son hábiles con el balón. No se siquiera si el futbol o cualquiera otro deporte sean lo más importante de lo menos importante. Tampoco se si la manera en la que se vive la llamada “pasión por el futbol” sólo se trate de una forma moderna de lo que Juvenal decía sobre los romanos en su Sátira X, “Panem et circenses”, refiriéndose al pueblo que perdió el interés en la cosa política y sólo deseaba pan y circo, circunstancia que los gobernantes promovían como forma de control de voluntades. 

Necesitamos recobrar la jerarquía de lo que importa, de lo trascendente y actuar en consecuencia. Buscar personas que destaquen por eso y seguir su ejemplo. Aún más, tomar la iniciativa y la responsabilidad de trabajar en pro de lo importante, de lo trascendente, de lo correcto y dar ejemplo de integridad y congruencia a los más jóvenes. De otra forma los vacíos se seguirán llenando pobremente. 

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