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¿Un soldado en cada hijo te dio?Sábado, 15 de Diciembre de 2018 02:57 a.m.

Los mexicanos ya debíamos haber asimilado la enseñanza histórica de que la condición para que un pueblo se levante victorioso en cualquiera de las empresas que lo involucren, tiene que ser un pueblo unido. Solamente las naciones que supieron afrontar unidas los retos pudieron vencerlos.

Los mexicanos, desde el inicio de nuestra nueva historia, nos la hemos pasado a la greña. Todo el siglo XIX fueron luchas intestinas o un rechazo, no siempre uniforme, a la intervención extranjera. Por el contrario, ésta contó en varias ocasiones con la complicidad activa o por omisión de grupos importantes de mexicanos.

El siglo XX fue peor; durante su primera mitad fue una carnicería de luchas intestinas de mexicanos contra mexicanos, bandoleros y caciques, facciones armadas se masacraron mutuamente. Ninguno de los muchos héroes de la Revolución tuvo la capacidad o la inteligencia para convocar a alguna suerte de unidad nacional. En su etapa en que dejó las armas, la Revolución siguió siendo pugna entre grupúsculos, rencillas, venganzas y traiciones.

El único momento de lucidez nacional se dio acaso en 1938 con la expropiación petrolera y el carisma de Lázaro Cárdenas del Río. El espíritu de solidaridad nacional se dio de manera singular para no repetirse en esa tesitura. Las catástrofes naturales provocadas por los sismos les dieron la oportunidad a los mexicanos de mostrarse unidos y solidarios, en manifestaciones notables y valiosísimas pero que fueron, como plantas en el patio de la casa de mi abuela, flores de un día.

Una mezcla de factores políticos, entre los que destaca el hastío provocado por el desempeño de los partidos políticos tradicionales de nuestro país y la crispación por las manifestaciones incesantes de corrupción e impunidad, llevó a la presidencia de la República a un viejo político carismático con un discurso pletórico de florituras y promesas. El terreno estaba fértil para que surgiera la esperanza.

Pero igualmente lo estaba para encabezar un movimiento de reconciliación nacional a fin de recuperar lo nunca alcanzado, la unidad de todos los mexicanos. Que cada uno de los integrantes de este cuerpo social se convirtiera en un soldado, fiel, valiente, leal y eficiente, al servicio de la Patria.

A tres semanas de haber tomado posesión, el presidente López Obrador ha emprendido pocos pasos en ese sendero. La descalificación a priori de todos los esfuerzos emprendidos por regímenes anteriores, el desprecio explícito de grupos o individuos que no se disciplinan ciegamente a los criterios del nuevo Ejecutivo, ha rayado en momentos en el insulto, llamando señoritingos y fifís a los que no están dispuestos a integrar un coro unívoco de aplauso y porra: es un honor estar con Obrador, resonaba en el Congreso. Las discrepancias fueron más allá del grito anecdótico. La designación de super delegados que en las 32 entidades federativas compitan con el poder local en autoridad, mando y recursos, despertó las fricciones con algunos gobernadores que se atrevieron a levantar la mano. El poder Judicial expresó claramente su defensa a la autonomía de los poderes de la Nación, sin que uno o dos invadan los territorios de un tercero. El presidente no pasó de la elemental cortesía de acudir a escuchar el último informe del presidente de la Suprema Corte de Justicia: se negó a convivir con los integrantes de ese poder, como era un uso de años.

Andrés Manuel López Obrador es el presidente de todos los mexicanos. Así lo debemos entender los que votaron por él el primero de julio y los que no lo hicimos. Sería conveniente que el propio presidente así lo comprenda y actúe en consecuencia. Los tiempos no son de polarización y divisiones sin de conciliación y convocatoria a la unidad nacional. Si no lo logramos este proyecto de Nación no va a caminar.

PILON.- A la salida de la ceremonia en la Suprema Corte, el automóvil de un funcionario del área de comunicación de este poder fue obstruido, atacado, escupido y pateado por una turba de no más de ochenta personas. Creyeron, alguien dijo en su “defensa”, que dentro del auto iba un magistrado de la Corte, como si este supuesto hubiera justificado el vandalismo en lugar de hacerlo peor. Los hechos fueron a las puertas de la Corte, frente a Palacio Nacional, al lado del edificio de la autoridad de la ciudad capital, en contra esquina de la Plaza Mayor de este país. No hubo una sola fuerza pública que contuviera a esos salvajes, que nadie cree que actuaron por su propia voluntad, y de los que ninguna autoridad se ha distanciado tajantemente de sus desmanes.


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