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Un salto al vacío desde 4,000 m con Capitán Tribilín en los controles - SEGUNDA PARTE Por: Plácido Garza IrreverenteViernes, 21 de Febrero de 2020 02:00 a.m.

Primero –y antes de continuar mi relato– vale una explicación de tan extraño itinerario para llegar desde Monterrey a Gdansk –en la Polonia de los campos de exterminio– con el pretexto de unas invitaciones que salieron por ahí para compartirle a gente de este país una visión de lo que sucede en México con la mentada 4T. 

Mérida-Miami-Düsseldorf-Gdansk.- Les platico: por principio de cuentas, en Polonia se habla más español que inglés como segunda lengua, después de la nativa.

Sigo sin saber a qué se debe tal desplazamiento de la llamada lengua universal, pero así es. Claro, el inglés también se habla, pero es muy común encontrarse a polacos en la calle que te explican cómo llegar a tal o cual parte preguntándote si quieres que te hablen en inglés o español.

Bueno, sucedió que la cancelación de un vuelo dirigido a Dallas como escala para llegar a Hannover y luego a Varsovia se convirtió en una travesía que nos llevó primero a Mérida, de ahí a Miami, luego a Düseldorff y finalmente al destino original.

Explicado lo anterior paso ahora a platicarles el desenlace de mi encuentro con el Capitán Tribilín y su tripulación de paracaidistas jalisquillos.

¿En qué me quedé? Ah, sí. En que en vez de salir corriendo del "hangar" y la "pista" del aeropuerto internacional "Olga Sánchez Cordero" de General Terán, Nuevo León, me quedé a esperar mi turno para saltar en paracaídas.

Por el peso alivianado –dos pasajeros menos que los vuelos anteriores– se me hizo como que la nave despegó en menos de 20 metros.

Después de la referida bienvenida bilingüe que recibí del Capitán Tribilín, disfruté la sensación de elevarme en el cielo con las ventanillas abiertas, a diferencia –mucha diferencia– de lo que ocurre en vuelos comerciales.

Hincado –esa es la posición– ante mi instructor, este se dio a la tarea de revisar el empaquetado del paracaídas preparado para un salto tándem –como se les llama a los que dos hacen con un mismo equipo– y cuando el check list fue concluido, esperó la señal del capitán para abrir la puerta de la avioneta.

"Cuatro mil 500 metros", gritó Tribilín y la puerta se abrió. "Descienda a 4,000, capitán", gritó a su vez el instructor. Los goggles se me fueron casi a la nuca con la ráfaga de viento que golpeó mi cara. "Es que tienes qué apretarlos hasta que te duela", me dijo el instructor, y así lo hice, provocándome una neuralgia que todavía no se me quita.

Con la puerta abierta recibí la siguiente instrucción: "Siéntate con las piernas hacia afuera y colócalas en los soportes de las ruedas".

"Ni madres", le respondí. "Okay", me respondió como aliviado. "Capitán, uno más que se nos raja, vámonos de regreso".

Pero antes de que Tribilín maniobrara su timón, hice lo que el instructor me dijo y al voltear hacia abajo sentí que el estómago se me iba a la cabeza y esta a los pies.

"Si te mareas, cierra los ojos, nomás haz lo que te digo", escuché su voz, como si viniera de otra dimensión.... o de ultratumba.

Para que se den una idea de lo que vi, recuerden la última vez que después del despegue, la sobrecargo dijo que ya puede uno usar sus tablets, cels y laptops, siempre y cuando sea en modo avión. Eso sucede a los 3,000 metros de altitud; bueno, pues yo me tiré en paracaídas esa vez a 1,000 metros más arriba.

"Echas la cabeza hacia atrás todo lo que puedas, porque si la dejas en posición normal, no te vas a desnucar por el golpe del viento, pero vas a estar muy cerquita".

Gracias por la motivación, le dije, mentándole la madre, pero eso sí, quedito.

Contó tres, dos uno, cero, y al cero, nos tiramos al vacío. La caída libre a una velocidad que llegó a los 310 kilómetros por hora, me regaló los 65 segundos más emocionantes de mi vida. Creo que no se puede narrar con palabras lo que se siente, pero si lo intento les diré que es como si tuviera conciencia del momento de nacer.

Fue como una implosión, como si explotara algo dentro de mí sin romperse nada, absolutamente nada. "Una explosión limpiecita", escribí en un servilleta, cuando me detuve a almorzar en El Cercado.

Luego, al llegar el altímetro a los 1,500 metros, un tirón de aquellos abrió el paracaídas y vinieron enseguida 11 minutos –porque nos dimos el lujo de planear– de un vuelo silencioso, apacible y ensoñador, que me hizo pensar que aquel momento era como los minutos de paz dormidera que ocurren después del orgasmo.

Eso, la caída libre a 300 kilómetros por hora es un orgasmo de un minuto y el vuelo posterior es el apacible sueño de 10 minutos en que uno se sumerge después de sublimarse en el momento anterior. Creo que no pude resumirlo de mejor manera ni en forma más irreverente que esa. 

Aterrizamos a unos cuantos metros del círculo de cal –¿qué tal, eh?– y después de darnos un abrazo los cuatro –mi instructor, su chalán el paquetero y el Capitán Tribilín– se fueron ellos de regreso a lo suyo en Guadalajara y yo a lo mío, como volando en un vuelo que emprendo de nuevo una y otra vez, con sólo recordar esos momentos.

CAJÓN DE SASTRE

"Volar inspira e inspirados volamos", dice la irreverente de mi Gaby, y tiene razón. Arre.

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