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TriscaidecafobiaDomingo, 11 de Noviembre de 2018 07:06 a.m.

Aún recuerdo al “Charal”. Así apodábamos al mozalbete cuyo deporte preferido era hacernos la vida de cuadritos. En aquel recreo, cuando decidió que era mi turno, se me acercó y con mirada retadora dijo: “a ver, tú que te crees muy bueno pa´ las matemáticas, ¿cuánto es ocho más cinco?”; no iba a dejar pasar la oportunidad de mostrar mi talento, así que rápido contesté: “¡trece!”; a lo que el muy desgraciado replicó: “¡el rabo te crece!”.  A mis ocho años, las carcajadas burlonas de los que ahí estaban, calaron fuerte.

Nunca pensé en el desquite, pero la vida da oportunidades. En un juego de futbolito, el Charal y sus secuaces nos daban una trapeada –nos ganaban doce a tres–; cuando anotaron el siguiente gol me acerqué y le pregunté: “¿cuántos goles llevan?”. Con altivez contestó: “¡trece!”. ¡Ah!, cómo disfruté cuando entonces yo le repliqué: “el rabo te crece!”.

Ocupado en buscar el festejo de los circundantes, no vi venir el guamazo que me dejó un ojo morado. No sé si el más sorprendido fue él o fui yo, pero le devolví la cortesía y nos enfrascamos en una pelea de la que ninguno de los dos salió bien librado. Curioso, pero a pesar de mis temores, desde aquel día jamás me volvió a molestar. Así, a temprana edad, aprendí que el trece no era un número cualquiera.

Con el paso de los años, supe del miedo supersticioso que en muchas personas despierta este número. Ni aún el mundo desarrollado escapa de este ancestral temor. En los grandes hoteles de Inglaterra, Estados Unidos y Japón, entre otros, evitan el piso 13 y suelen pasar del 12 al 14.

Al parecer, fue en el siglo XIX, en Francia, cuando se acuñó la voz triscaidecafobia para nombrar a este universal miedo al trece. Es palabra aún no hospedada en el diccionario, pero cada vez más difundida. Se forma de tris/kaí/deka (tres y diez), que significa trece en griego antiguo y fobia que es miedo.

Dicen, quienes aseguran saber, que la huella más antigua de este aritmético temor se encuentra en la mitología nórdica, en tiempos anteriores a la era cristiana. A un banquete en el Valhalla (paraíso vikingo), fueron invitados doce dioses. Loki, el espíritu de la pelea y del mal, molesto por no haber sido requerido, se coló sin invitación y así el número de los presentes llegó a trece. En la lucha que se produjo para expulsarlo, hubo una gran tragedia porque murió Balder, el favorito de los otros dioses. De este mitológico evento, quedaría que se relacionara al trece con el infortunio.

La creencia se intensificó por La Última Cena, evento que fue el preludio de la crucifixión del Mesías donde participaron trece comensales: Cristo y sus doce apóstoles. Los mitólogos han visto la leyenda nórdica como una prefiguración del banquete cristiano. Trazan paralelismos entre el traidor Judas y Loki, y entre Balder, el dios favorito que resultó asesinado y Cristo, que fue crucificado. Lo indiscutible es que, desde principios de la era cristiana, invitar a cenar a trece personas se consideraba una imprudencia.

En su obra Recuerdos de un diplomático, Agustín Conte relató cómo en el Madrid de 1840, un embajador de la fría y distante Dinamarca, tuvo la ocurrencia de mandar hacer una muñeca de tamaño natural y la sentaba en su mesa cuando se contaban trece comensales. Así, evadía la presencia de tan temido número.

Puede ser que la raíz de este temor sea más profunda, ya en la cultura sumeria se sabía que a un ciclo del sol correspondían doce de la luna y así, el número doce adquirió relevancia. Se dividió el día en doce horas, después se hizo lo mismo con la noche para dar origen al día de 24 horas; también se fijaron doce constelaciones con todas sus implicaciones religiosas y filosóficas. Sería el trece quien cargaría con la culpa de romper la armonía del doce y quizá por eso se convirtió en aciago.

En cualquier caso, ¡qué alivio saber de la antigüedad de la triscaidecafobia! Si no, yo pensaría que el Charal se las arregló para que, en todo el mundo, se cuidara del trece, con tal de que no les replicaran… “¡el rabo te crece!”.

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