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Te regalo una rosaSábado, 9 de Noviembre de 2019 02:00 a.m.

Ha pasado de todo en este país: muertos, desaparecidos, huracanes, temblores, catástrofes ecológicas; sin embargo, lo ocurrido en Chihuahua con la familia LeBarón, no nos dice que estamos tocando el fondo, nos dice que quizá nuestro país no tiene fondo.

No es una presunción, querido lector, pero el pasado martes me permití ofrecer un ramo de flores a las puertas del templo Mormón, ubicado en la Carretera Nacional. Lo dejé como un símbolo de solidaridad y de cariño ante la terrible tragedia que sufrieron miembros de esta comunidad en el mencionado ataque.  En el ataque, como sabemos, murieron mujeres y niños, y nuevamente en México fuimos sacudidos por el horror.

Es verdad que un humilde ramo de rosas blancas no anula la tragedia, sin embargo, si no empezamos por tender puentes simbólicos de amor y cuidado entre nosotros, el país progresará irreversiblemente en su abismo. Las crisis despliegan el horror, lo hacen visible, y entonces la maldad, el miedo, los terrores se hacen dueños de la realidad y minan la vida hasta la médula, es precisamente ahí donde debemos activar nuestra capacidad de hermanarnos, de resistir desde micro fraternidades que nos permitan bordear juntos el mar de los pesares. Estas fraternidades inician y se hacen evidentes en los actos simbólicos.

En un film francés sumamente conmovedor y basado en eventos reales llamado en México "Feliz Navidad", (Joyexu Noel), los ejércitos se encuentran frente a frente, atrincherados en medio de las cruentas batallas de la Primera Guerra Mundial, se acerca la Navidad y el invierno y la crueldad de la guerra parece no tener fin. En un punto de la cinta, los ejércitos, terribles enemigos que han experimentado los horrores más grandes conocidos hasta entonces, logran saltar la barrera del odio y juntos cantan la famosa "Noche de paz". Ahí, en medio de la gran devastación, un símbolo musical los une, los arranca de su vorágine de miedo y miseria, los lanza a la vida, a la vida que goza de sí misma, que reinventa el instante hasta convertirlo nuevamente en un espacio habitable.

La escena es conmovedora, las armas callan, los fusiles guardan un silencio espectral, la artillería se ve opacada por voces humanas que a pesar del horror reencontraron por breves instantes la vida en su esencia más prístina. Recordemos que la Primera Guerra Mundial fue hasta ese momento el conflicto armado más arrasador de la historia. Esto no es poco, somos humanos, nuestro signo es la guerra, la anulación del otro, nuestro signo es el dominio y el odio entre iguales, pero también nuestro signo es la creación en medio de la catástrofe, es la superación de la crisis por la belleza como en cualquier cuadro de El Greco o de Chagall, nuestro signo es la resignificación del caos por medios musicales como en cualquier sinfonía de Mozart, nuestro signo en la defensa de la vida como en cualquier activista latinoamericano que ama los bosques a pesar de las amenazas que penden sobre su cabeza.

En el film, la música se enfrenta a la muerte, al gas mostaza y a los tanques de hierro, a las ametralladoras de repetición y a los bombardeos, al rugir endemoniado de los cañones y a la saña de los militares más necios de la historia que mandaron a la muerte a millones de jóvenes por afanes nacionalistas imbéciles y degenerados. En ese contexto, la música hirió el ojo de la muerte y juntos pudieron cantar y bailar y hermanarse durante breves instantes que siguen inscritos en la memoria de los tiempos como un símbolo de amor entre los hombres.

Los hechos violentos ocurrieron siempre, y seguirán ocurriendo mientras dure nuestro paso por la vida, sin embargo, mientras no nos decidamos a activar símbolos que nos permitan encarar juntos el vacío tan potente por el que atravesamos actualmente, el horror siempre será mas fuerte que nosotros y entonces sí correremos el peligro de caer devastados ante la potencia de la muerte. No ejercitarnos en los símbolos de cuidado por el otro es perfeccionar la barbarie y la barbarie no perdona, está siempre alerta como un lobo que aúlla en nuestras profundidades.

Regalemos rosas, y no me refiero a arreglos florales, aunque quizá no es una mala idea del todo, me refiero a hacer posible la vida enraizados en juegos y significados simbólicos que le hagan saber al otro que existe la buena voluntad, de lo contrario, habremos declarado para siempre el triunfo de la crueldad. 

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