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Tanto va el cántaro al agua…Domingo, 27 de Noviembre de 2016 01:13 a.m.

Dice un dicho: “Tanto va el cántaro al agua, hasta que revienta”, esto puede aplicarse a las palabras que, consideradas inapropiadas, por la fuerza del uso en el ambiente popular, tarde o temprano se ganan un lugar en el diccionario y así pasan a ser palabras aceptables. Para muestra… un montón.

Auditorio: viene del latín auditorium, ‘lugar para oír’, que en origen nombraba a la sala destinada a conciertos, recitales, conferencias, etc. Por eso, muchos piensan que es inapropiado llamar “auditorio” al grupo de personas que escuchan y que más apropiado sería referirse a ellos como audiencia, pero tampoco porque, en origen, audiencia es ‘el acto de ser oído por alguna autoridad’. No obstante, el intensivo uso ha concedido que tanto “auditorio” como “audiencia” también tengan el significado de ‘personas que escuchan’, y las respectivas acepciones ya están registradas en el diccionario, la de “audiencia” desde la edición de 1983 y la de “auditorio” desde la primera que la Real Academia publicó, en 1726. Así que no andemos de novedosos.

Presidenta: Así llamamos a la mujer que preside. Por varias generaciones, algunos puristas del lenguaje han calificado de barbaridad que esta palabra haya tomado forma femenina. Se alega que la voz “presidente” es un participio activo; como lo es “atacante” de atacar, “sirviente” de servir o “estudiante” de estudiar y sería ridículo decir “la estudianta”. No falta razón a quienes así opinan, pero lo cierto es que la voz “presidenta” ya está inventariada entre las palabras que guarda el diccionario y la Real Academia da como razón que el uso así lo ha impuesto. Por otro lado, es curioso que nadie se haya escandalizado cuando a la auxiliar doméstica, desde siempre, la hemos llamado sirvienta.

Gente: Viene del latín gens ‘linaje, grupo de personas que guardaban parentesco sanguíneo’. En castellano se dijo “gente”, donde siguió siendo un sustantivo colectivo con el significado de “grupo de personas”, aunque ya no necesariamente parientes, pero sí con alguna característica común. Mucho se ha criticado que algunos digan cosas como “las gentes de Monterrey”, cuando lo correcto sería “la gente de Monterrey”. Quienes así opinan han visto con desencanto que en el diccionario de 1992 tímidamente se mencionó que “gente” era usado como sinónimo de persona en algunas regiones de América. Pero en la edición de 2001, ya sin timidez, el diccionario registra que gente vale como individuo o persona. Así las cosas, el uso nos ha dado permiso de, ya sin remordimientos, poder decir “las gentes de Monterrey”.

Canalla: Algo similar pasó con la voz “canalla”, del italiano canaglia, y que en origen significa ‘jauría de perros’ –¿Habrá jaurías que no sean de perros?, mmm… se los dejo de tarea. En castellano se aplicó para nombrar a un grupo de personas consideradas “de lo peor”, como decirles perros o, más parecido, “jauría”. En el Siglo XIX en el lenguaje popular perdió su naturaleza de colectivo y la palabra se aplicó a una sola persona. Aunque la comunidad culta ridiculizó este barbarismo, el uso se impuso y ahora ya a nadie le extraña que a un hombre de mala calaña le digamos que es un canalla.

Bueno, este espacio sólo dio para ver una pequeña muestra de que el lenguaje no se estaciona, y de esto mucha “culpa” tienen los hablantes comunes, cuya terquedad para modificar palabras y significados ha moldeado el lenguaje a través de los siglos. No por nada alguna vez don Alfonso Reyes hizo este agudo comentario: “Si la lengua dependiera de los académicos, todavía estaríamos hablando latín”.


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