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Socialismo democrático Por: Guillermo Fárber HueconomíaSábado, 15 de Diciembre de 2018 03:01 a.m.

Me manda un querido lector este bienintencionado aunque erróneo “imeil”: “Un socialista democrático es todavía un capitalista, aunque uno que quiere limitar los excesos autodestructivos del capitalismo, y canalizar los recursos derivados de nuestros impuestos en crear oportunidades para todos. Un socialista democrático está convencido de que la economía y la sociedad deberían dirigirse democráticamente para servir a las necesidades humanas y no simplemente para enriquecer a unos pocos codiciosos”.

Ay, los morones siguen soñando con oxímorones como sol de medianoche, calma tensa, hielo abrasador,silencio ensordecedor, docta ignorancia, ciencias ocultas, sociedades unipersonales, música callada, clamoroso silencio, inteligencia militar, altibajo, muerto viviente, agridulce, ángeles del infierno (supuestamente Lucifer era uno de ellos), pequeño gran hombre, gas líquido, ir a ningún sitio, menos es más, buen perdedor, cerveza sin alcohol, sí pero no, silencio atronador, realidad virtual, lavado en seco, tragicomedia, mundo unipolar, claroscuro, secreto a voces, dulce amargura, llenos de vacíos, graciosa torpeza, gentil descortesía, tolerancia cero, leal oposición, revolucionario institucional, etc.

Entiendo esa pretensión por un sistema socio–económico de “tercera vía” que combine la libertad con la justicia. La libertad del capitalismo (sistema que nunca ha existido, y hoy menos que nunca) con la justicia del socialismo igualitario (que tampoco ha existido nunca). Dicha pretensión es muy humana a pesar de que es muy inhumana. Pero como dijo el sabio ignorante: hay cosas que no pueden ser y además son imposibles. De todos modos, hay en el mundo más “justicia” que “libertad”, y conste que esa “justicia” es lamentable tanto en cantidad como en calidad. Como decía el Chato Parada de cierto pianista de su bar: “Es mejor borracho que pianista, y es el mejor pianista que he conocido”.

VERDAD OLVIDADA: ESTE ES UN VALLE DE LÁGRIMAS

La triste verdad es que el socialismo, en cualquiera de sus versiones, como todo otro colectivismo (comunismo, fascismo, marxismo, keynesianismo, dirigismo, etc.) podrá ser “justo” o “igualitario” o “equitativo” o “distributivo” o lo que tú gustes, pero nunca, NUNCA, puede ser “democrático”. Es una contradicción en términos. Como “luminosa oscuridad”, que puede hacer excelente literatura, pero siempre producirá realidades aterradoras en la teoría política, y dará nacimiento a un engendro necesariamente despótico: lo que Paz bautizó como el Ogro Filantrópico.

El colectivismo sostiene que las cosas deben ser propiedad de un grupo más que propiedad de una sola persona (propiedad privada). Ergo, el socialismo, toda forma de socialismo, limita tu libertad. Por principio, por esencia. Y ya sabemos a qué conduce la propiedad dizque “colectiva” y el dominio autoritario de un grupúsculo que realmente controla los medios y recursos dizque “de todos” sobre la mayoría (que no tiene nada). De modo que ¿en dónde se justifica eso de “democrático”?

Pero bueno, ya lo advirtió Goya: los sueños de la razón producen monstruos. Supongo que mi querido lector no ha cavilado sobre el mensaje del cuadro de Goya, y prefiere seguir soñando. Como tantos otros, hartos de que ser humano no sea un ángel.

PENSIONES: UN BONITO SUEÑO

En pocos ámbitos se reflejan mejor estos sueños de eterna felicidad, como en la pieza clave del Welfare State: las pensiones. Bill Bonner: “Millones de estadounidenses pueden tener que retrasar la jubilación durante años, si no es que de forma permanente. Peor que como una ardilla que enfrenta un largo invierno con un alijo de bellotas, el 80% de los trabajadores estadounidenses tienen menos de un año de sueldo para su jubilación. Además, más de 100 millones de estadounidenses en edad de trabajar no tienen cuentas de jubilación, incluidos 401 (k), cuentas individuales o pensiones. El 77% de los estadounidenses están muy por debajo de los parámetros de ahorro para su edad, a fin de poder jubilarse aceptablemente”.

Los hechos y datos son claros. La jubilación está en peligro para la mayoría de los estadounidenses de clase trabajadora. Cuando se considera a todas las personas que trabajan, no sólo a la minoría con cuentas de jubilación, el estadounidense típico que trabaja no tiene nada, nada, nada guardado para la jubilación. Para millones de personas, una “pesadilla de clase media” está desplazando rápidamente al sueño americano de una modesta jubilación después de una vida de trabajo. Incluso entre los trabajadores que han acumulado ahorros en las cuentas de jubilación, el trabajador típico tenía un saldo de cuenta menor a $40,000 dólares. Esto está muy lejos de los niveles de ahorro que los gringos necesitan si esperan mantener su nivel de vida en la jubilación.

¿Cómo ha llegado la jubilación estadounidense a un estado tan triste? Nos topamos de inmediato con una pista que nos lleva a mediados de la década de 1970, después de que Richard Nixon cortara (dizque “provisionalmente”) el último lazo del dólar con el oro. El patrón oro, aún ultra menguado como estaba en sus últimos días, mantuvo la balanza comercial en cierto rango mínimo, pues una nación con un déficit comercial persistente corría el riesgo de agotar sus reservas de oro (como demostró el presidente francés De Gaulle en 1967). Pero el dólar puramente fíat, sin respaldo, en frase célebre de Aspe, “le quitó todos los alfileres a la economía”.

EUA creyó que había “ganado” y se emborrachó de poder. ¡Ya no tenía que producir y exportar cosas para pagar sus importaciones, ni preocuparse por perder su oro! "Por el sudor de tu frente comerás", nos advierte el Génesis.

Pero bajo el nuevo estándar del dólar puramente fíat (respaldado únicamente por su poder militar), EUA podía comer con el sudor ajeno.

Pedacitos de papel, impresos en tinta verde, vomitados por una imprenta que trabajaba sin descanso, fueron su producción principal.

Toneladas de esos papelitos fueron a dar al extranjero a cambio de bienes reales. La división internacional del trabajo se abrió a cientos de millones de habitantes del mundo, particularmente campesinos de China. Ingresaron a las fábricas por millones, trabajando por un dólar o dos al día.

La competencia deprimió los salarios medios, que nunca se han recuperado. La productividad general de los Estados Unidos ha aumentado un 77% desde 1973, según nos informa la Oficina de Estadísticas Laborales. Pero el salario real promedio por hora (ajustado por inflación) solo aumentó 12.4% en 45 años. ¡Casi medio siglo! El trabajador promedio es un hámster corriendo en una rueda sin fin.

El trabajador estadounidense podría comprar en 1971 un nuevo Ford F-150 por $2,500. A $4 la hora, le tomaba 625 horas comprar el camión.

El modelo de hoy cuesta $30,000 dólares y el salario promedio por hora es de $26. Así que el asalariado tiene que trabajar durante 1,154 horas para obtener un F-150 estándar. Tiene que vender casi el doble de su tiempo para obtener un juego de ruedas. Puedes hacer el mismo cálculo para la vivienda. Un hombre promedio pagaba alrededor de $24,000 por la casa promedio en 1971. Hoy en día, paga $371,000. Con un precio en el tiempo, la casa costó 6,000 horas en 1971 y 14,269 horas hoy.

“Los falsos fuegos artificiales de la Reserva Federal han llevado al mercado de valores a niveles récord. El mercado en alza acuna a los propietarios de activos financieros (aquellos que ganan $1 millón o más al año han capturado el 63% de todas las ganancias de capital). Pero la economía de los ciudadanos de a pie ha mantenido un ritmo anual de crecimiento de un magro 2.1%. Eso explica cómo Donald Trump ganó su pase a la Casa Blanca con su eslógan de Make America Great Again. Pero si la clase media sigue cayendo, los sueños de jubilación de millones se escaparán para siempre, a Trump se lo tragará la historia, y el ser humano comprobará otra vez que en esta tierra no es posible la felicidad eterna y perfecta”.


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