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Sobre nuestra temporalidad Por: Yanill Brancaccio Olmos La JirafaMartes, 24 de Noviembre de 2020 00:00 a.m.

Hace algunos días, esta Jirafa soñó con su primo Beto, en días pasado cumplió un año más de que "se nos fue". Tenía 26 años cuando decidió irse.

Decía que lo soñó, estaba yo llegando de un viaje que habíamos planeado y de repente me decía, ¿sabes? No puedo llegar, me ha salido un trabajo que no puedo escatimar. Pensé, pues ¿qué será más importante que nuestras vacaciones tan planeadas, tan esperadas?

Así que, a pesar de mí, haría aquel viaje solo y así lo vengo haciendo desde hace casi 20 años. ¡Uffff! Qué rápido se va la vida cuando asumimos que estamos ocupados o, al menos, nos la gastamos intentando vivirla de alguna u otra manera.

Creo que mi sueño representa un poco (o un mucho) esto que nos pasó. Beto no siguió en nuestro viaje planeado (la vida), pues asumió nuevas responsabilidades –más importantes– que no podían esperar (para él).

Y es que no tenemos la vida comprada, me decía mi abuela y me decía bien (y eso que no era filósofa): "¡te vas a morir!", insistiendo que lo único realmente inevitable era eso, la muerte. 

Pero el tema aquí que lleva a esta Jirafa a la reflexión no es el modo como asumimos esta realidad desde una perspectiva filosófica, sino –más bien– desde este punto de vista (insisto muy de mi abuela) práctico, sobre lo inevitable. Pues, efectivamente, no tenemos comprada la vida y es, además, necesaria nuestra muerte.

Y pienso, ahora, en lo que está sucediendo en el mundo con esto que llamamos pandemia. Y debo decirlo, aunque suene muy fuerte y hasta inoportuno, si no es el Covid-19 será otra cosa, pero cada uno de nosotros habrá de morirse, y en ello pongo lo que quieran en juego, se los garantizo.

La reflexión radica, pues en este santiamén que es la vida y en esta contingencia que representamos, ¿no somos nada, entonces?; yo diría que sí somos, al menos, en este instante en el que sí estamos, un esbozo de eternidad, de anhelo, de deseo inacabado, de pretensión inconclusa, de infinitud finita, de arrebato divino que nos plantea la posibilidad de la trascendencia.

Y es que hagamos un juego: les pido que ponga en una hoja el nombre completo de sus padres, de sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, ¿cuántos podrán decir el nombre de un bisabuelo? Quizá pocos, ¿y los demás dónde se quedaron?

A lo que voy, hoy creemos (asumimos) que estamos trascendiendo, al menos en nuestro círculo más cercano y resulta que NO, que la contingencia de la carne no nos lleva más allá de la segunda generación.

Ni mis abuelos, ni Beto, ni yo (ni nadie) fuimos hechos para tan poquita temporalidad, creo yo.

Dice la canción que 20 años no es nada, y yo le diría a Gardel, tampoco 30, ni 50 ni 70 ni 100, pues somos contingentes y llegará lo inevitable: ¡Te vas a morir! retumba en mis oídos lo que decía mi abuela.

El reto está en asumir esta contingencia de tal manera que digamos al final del camino que ha valido mucho la pena. Que nuestro actuar, siguiendo a Kant, sea parámetro universal de conducta, pero tampoco tanto como para que nos recuerden algunos con rencor.

No nos vaya a pasar como aquel individuo (mi cuñado, por supuesto) que no quería vivir y se empecinaba en dejarse morir, pero claro, a la hora de la comida estaba siempre presente y más cuando se trataba de los tamales que doña Pancha hacía con tanta enjundia (eso sí que es trascender).

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