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Sobre el llanto y lo bello Por: Yanill Brancaccio Olmos La JirafaMartes, 22 de Diciembre de 2020 00:00 a.m.

Hace mucho tiempo no lloraba tanto. 

Y es que llorar es bueno, dicen los que saben, pero llorar cuando todo se te mueve por dentro, cuando no hay un motivo real (objetivo), eso es maravilloso, máxime si el pretexto es estético.

Tuve la oportunidad de ver a Gazapo (de la puesta en escena La Historia de Gazapo, de Francisco J. Suárez, mejor conocido como el Mago Frank) y, lo confieso, no paré de sentir eso que Kant se atreve a denominar como sentimiento de lo sublime. Ese, que uno siente cuando se topa con algo (no necesariamente hermoso, a decir del filósofo alemán) que lo arroba a uno, que lo confirma pequeñito, pequeñito... pero que, al mismo tiempo, reafirma la propia infinitud... ahí, justo ahí, fue a dónde me llevó este magnífico monólogo.

Y es que, a mi juicio, el sentimiento estético, de alguna u otra manera se debe de identificar con esta capacidad muy humana que tenemos de llorar, independientemente de si es verdad que los cacuyes y los cocodrilos tienen también esta capacidad y no dejan nunca de hacerlo.

Efectivamente, me sentí muy vivo. Todo estuvo a flor de piel y –aquí viene mi crítica– aunque no comparto mucho el modo de hacer este tipo de poesía (esta que es prosa, esta que siempre rima) pues la siento a veces muy cursi; lo cierto es que no es lo mismo leerla que escucharla y vivirla del modo como el autor mismo la vive y la transmite.

Y sigo con Kant, quien hablaba de que el arte bello se concreta cuando el artista lograba transmitir al espectador eso que él (como autor) está sintiendo, aquí Gazapo, efectivamente, concreta este propósito: te mete y te saca del poema, te mete y te saca de la realidad, para crear –junto contigo, espectador– infinidad de mundos posibles.

Curiosamente, mientras atendía, con toda mi atención, las aventuras y desventuras del personaje (de este otro personaje creado por el mago),  en mi cabeza  retumbaban  cada una de las líneas del poema que años atrás había leído, escuchado y vivido (en esa ocasión fue una película argentina) –Llorar a lágrima viva– de Oliverio Girondo y,  lo más interesante, es que no hubo confusión... supe diferenciar entre este viaje que me estaba proponiendo la puesta en escena y aquel, que en esa primera ocasión –ya muy lejana– me había propuesto Oliverio cuando descubría mi afinidad con las artes, y con el hombre-artista que todos (aunque dormido) llevamos dentro.

Al final del camino todo fue una lágrima, un gran llorar, porque todos, absolutamente todos los que ahí estábamos, en algún momento emitimos chillidos: unos por identificación, otros por reminiscencia, otros más por anhelos y muchos otros –yo me incluyo– por chillones todas cuestiones eminentemente estéticas.

Si la vida se redujera no a las guerras, no a las cuestiones económicas, no a las preocupaciones laborales, sino a temas eminentemente estéticos, otro gallo nos cantaría y todo lo reduciríamos a aquellos festivales de escuela básica donde cualquier mala participación era ovacionada por el mero hecho sublime de que el representante era más que una promesa, un proyecto real de nuestro futuro.

Finalmente, no nos vaya a pasar como aquel, mi cuñado, que terminaba fastidiándolo todo por su sentimentalismo exacerbado y su incapacidad real de transmitir una idea sin que estuviera de por medio el sentimiento.

Esta Jirafa sentimentaloide seguirá atenta.

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