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Sillas y poderDomingo, 10 de Diciembre de 2017 00:46 a.m.

Desde tiempos muy antiguos, una manera muy cómoda de demostrar poder es sentarse en una silla que se distinga del resto. Algunas tomaron nombre especial, como los tronos de los reyes que tenían la característica de ser muy ostentosos y además los colocaban sobre unas gradas para hacer parecer más imponentes a los antiguos monarcas europeos.

La voz “trono” procede del latín thronos, que a su vez lo tomó del griego y que nombraba a los asientos de divinidades y monarcas. Rasgo similar a lo que en la cultura mexica fueron los icpallis, que los españoles pronunciaron “equipales”, y que algunos llamados “teoicpallis”, por si se llegara a ofrecer, estaban destinados para que se sentaran los dioses. Otros llamados “teotzoicpalli” estaban destinados para los tlahtoanis o grandes señores.

En latín, a las sillas se las llamó “cathedras” y de ahí nacieron las palabras “catedrático” y “catedral”; en ambos casos porque desde una silla se ejercía la respectiva función y el respectivo poder. Curioso es que, de esta palabra latina, también derivó la voz “cadera”, que en un principio hacía referencia a las partes blandas que se posaban sobre la cathedra y después, al paso del tiempo, pasó a nombrar lo que entendemos hoy, las partes laterales del cuerpo a la altura de la pelvis.

No solo el tamaño y lo ostentoso de la silla era importante, también lo era la posición, por eso nació el verbo “presidir”, del latín praesidere, que se forma de pre ‘adelante’ y sidere ‘sentarse’; o sea que presidir es ‘sentarse al frente’ y a quien esto hacía se lo llamó “presidente”. En la cultura romana, un presidente normalmente era quien en un juicio encabezaba la defensa de alguna causa justa. Cuando a las mujeres se les ocurrió ejercer tal función, la cosa se hizo un lío porque al llamarlas presidentas, muchas voces se alzaron para decir que no era correcto ya que se trataba de un participio activo; y era tan disparatado como decirle a una mujer que estudia “estudianta”. Tras un sesudo análisis, la Real Academia Española dictaminó que al haberse sustantivado la palabra “presidente”, era legítimo decirle a una dama “la presidenta”, y hoy, así lo avala el diccionario. Lo curioso es que nunca nadie respingó porque a las mujeres que sirven en las casas las llamaran “sirvientas” y es que... hay niveles.

Del mismo origen es la voz presidio, que en tierras conflictivas era un fuerte que resguardaba las fronteras de potenciales invasores; como decir “una fortaleza asentada al frente, con fines de defensa”. Nada agradable era ser un presidiario (los asignados a un presidio), ya que había que estar prácticamente encerrado y llevando una vida con muchas limitaciones. Por eso la palabra se transformó en sinónimo de cárcel y los presidarios pasaron a ser los reos.

Otro tipo de silla con la que se obtenía dignidad eran las curules (en latín curulis). La palabra se deriva de currus que significaba ‘carro’, y es que hacía referencia a una silla muy elegante guarnecida de marfil, que los magistrados romanos llevaban en sus carros para sentarse cuando se presentaban en público.

Ya ven, desde tiempos antiguos la silla ha sido un medio para demostrar poder y dignidad. Todavía hoy hablamos de la silla presidencial y de las curules que ahora cargan con la humanidad de los diputados. En ellas se sigue mostrando el poder, pero ¡ah, qué difícil es que alguien muestre dignidad!

cayoelveinte@hotmail.com

Twitter: @harktos


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