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Si yo fuera Maradona Por: Samuel Rodríguez Samuel RodríguezJueves, 26 de Noviembre de 2020 02:00 a.m.

Ayer murió un poco el fútbol para mí. Diego Armando Maradona, genio y rebeldía, ha dejado este mundo para convertirse plenamente en lo que siempre fue: mito y leyenda.

Su gol contra los ingleses en el mundial de México´86 siempre fue mi bandera. Siempre vi en ese gol una reivindicación profunda de tantas cosas: de las clases populares sobre la fuerza de los dueños del mundo, de la Latinoamérica unida por primera vez relamiendo sus heridas y saltando como un puma sobre la gloria que siempre intentaron robarnos. Aquel gol fue capaz de reinventar el mundo, con esa arrancada mística desde medio campo, derribando rivales con el golpe de su cadera, deletreando el viento en esa mirada firme y decidida del héroe que besa los labios del sol y en su vuelo el mundo es potencia pura. Con esa pierna zurda que aprendió a esquivar a la muerte hasta el día de hoy, con esa fuerza de búfalo indomable lista a correr en nombre de la genialidad que hace del instante un sitio de milagros terrenales.

La selección de Argentina que ganó el mundial de 1986 era una selección distinta, de alguna manera nos representaba a todos más que nuestro propio país. Representaba a los que resistieron a una andanada de violencia inigualable en la historia de la América Latina. Argentina salía de una dictadura cívico-militar que se dedicó a exterminar a jóvenes deseosos de reinventar el mundo, la dictadura los rompió por todos lados. En esta atmósfera terrible, la Argentina de Diego Maradona nos hizo saber a todos que la resistencia es posible, que es posible resurgir del barro y la inmundicia social. En ese campeonato todos fuimos Maradona anotando desde la oscuridad más densa.

Su vida también deambuló entre el exceso y el abismo; sin embargo, en una cancha de fútbol, el abismo se convertía en elevación y la estética del cuerpo encontraba un espacio de libertad sublime al servicio del deporte más hermoso del mundo. Diego siempre fue un ángel de barrio, un dios en fuga que vivió entre sobredosis de fama y la necesidad de encontrarse con un destino que rodaba al ritmo de una pelota de fútbol. Fue un semi dios griego instalado en el fin del mundo sudamericano. Tan humano que le fue imposible soportar su propia genialidad, tan divino que le fue imposible asimilar su propia finitud. En su figura, genial en la cancha, crepuscular fuera de ella, todo un país, toda una cultura, la cultura del fútbol, encontró un pico tan alto que es imposible de momento condensarlo en palabras. Maradona fue el caudillo que le regresó la autoestima a todo un pueblo en una cancha de fútbol. Diego era un héroe del ocaso que tocó el cielo mientras se consumía en un infierno que sólo él conocía. Maradona fue el estandarte de una generación que salía de la tumba para tocar con sus manos la posibilidad de la resistencia.

Queda un vacío, una soledad tan honda en cada cancha, en cada calle de barrio, en cada aficionado, en cada pelota que rueda entre el barro. En los estadios queda un silencio extraño, un silencio azul que nos acompañará hasta el nacimiento del nuevo prodigio del deporte. Diego querido, Diego el mito, Diego el hombre, siempre fuiste rebeldía. "Si yo fuera Maradona, viviría como él, mil cohetes, mil amigos, lo que venga a mil por cien. Si yo fuera Maradona, viviría como él, porque el mundo es una bola que se vive a flor de piel." Manu Chao. 

Gracias, Diego, por haber jugado a la pelota.

@samuelrodriguezdiciembre




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