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SerendipiaDomingo, 11 de Diciembre de 2016 00:24 a.m.

En el sur de la India, hay una isla llamada Sri-Lanka que vista en un mapa parece una gotita desprendida del continente, por eso es conocida como “La Lágrima de la India”. En el pasado llevó otros nombres: no hace mucho fue Ceilán, pero siglos atrás se llamó Serendip, del árabe sarandib y éste, a su vez, del sánscrito simhaladvipa, «la isla que acoge a los leones». Este antiguo nombre quedó grabado en un antiguo cuento persa, que justo se llama “Los tres príncipes de Serendip”.

En el cuento, tres jóvenes príncipes hacen gala de su inteligencia y sagacidad descifrando las señales que el azar pone en su camino. Por ejemplo, uno de ellos hace notar que por la senda ha pasado un camello tuerto del ojo derecho, luego explica que lo ha deducido por la hierba, que del lado izquierdo está consumida, mientras que la del lado derecho está intacta. Con razonamientos similares, cada uno va deduciendo diferentes detalles: que el camello cojeaba y le faltaba un diente, que era montado por una mujer embarazada y que llevaba una carga de miel. Hasta aquí voy a dejar este cuento, que con lo dicho basta para segur con el mío.

Pasaron los siglos y este cuento llegó a manos de Horace Walpole, un inglés al que le gustaba inventar palabras, con gran tino por cierto. En una carta que le escribió a su tocayo Horace Mann, el 28 de enero de 1784, le contaba que había tenido mucha suerte cuando, buscando el escudo de los Medici en un libro veneciano de heráldica, encontró el de los Capello, y le decía: “Este descubrimiento ha sido como los que yo llamo de serendipity, una palabra muy expresiva”, dejando ver que la había acuñado inspirado por el antiguo cuento persa. Así, esta carta es el acta de nacimiento de serendipia, palabra que fue concebida para nombrar esos descubrimientos accidentales, pero en los que la sagacidad del descubridor fue determinante.

La palabra no se popularizó de inmediato, quedó dormida en aquella carta hasta que en 1955 la revista Scientific American la incluyó en un texto para aludir al descubrimiento científico casual: ‘‘Nuestra historia tiene como episodio crítico una de esas coincidencias que muestran cómo el descubrimiento depende a menudo del azar, o más bien de lo que se ha llamado ‘‘serendipia’’, la observación casual que cae sobre un ojo receptivo’’.

En la ciencia se han documentado gran cantidad de serendipias, entre las más famosas se cita el descubrimiento de la penicilina. En 1945, Alexander Fleming estudiaba estafilococos, un tipo de bacteria muy dañina. Al ausentarse por un mes de su laboratorio, olvidó una placa con bacterias cerca de una ventana, al volver vio que se había contaminado con cierto tipo de moho. ¡Bendita suerte! Cualquier otro hubiera desechado la placa contaminada, pero Fleming notó que alrededor del moho habían desaparecido las bacterias. ¡Bendita sagacidad! Y así descubrió el primer antibiótico que le valió un Premio Nobel y bien merecido, porque esto ha salvado millones de vidas humanas.

En español, la voz serendipia poco a poco ha ido ganando terreno a pesar de la resistencia de algunos que la han tildado de innecesaria, alegando que ya contamos con la palabra chiripa para decir lo mismo. Pero esto no es exacto, ya que en una chiripa la sagacidad no es indispensable.

Por fin, tras una larga espera, en una revisión del diccionario en el 2014, la Real Academia Española incluyó la palabra con la siguiente definición: “Serendipia: Hallazgo valioso que se produce de manera casual”. ¡Vaya!, qué afán de excluir a la sagacidad, ya el tiempo dirá qué derroteros seguirá esta sufrida palabra que inició su historia hace siglos en “La Lágrima de la India”.


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