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Ser siempre para los demás Por: Armando Arias Hernández DesarrollarteMiércoles, 29 de Enero de 2020 00:35 a.m.

El 8 de mayo de 1977 es una fecha que recuerdo con nostalgia, aunque fue hace casi 43 años. Entonces yo tenía nueve años de edad y junto a mi primo Jorge y a su hermana Lupita celebrábamos acontecimientos importantes.

Lupita festejaba sus 15 años y mi primo y yo hacíamos la primera comunión. Aquella misa fue en la capilla de la parroquia de La Salle y fue un evento familiar que nos reunió en torno a la fe.

Unos meses antes, la preparación que precedía al sacramento de la eucaristía incluía una formación catequética típicamente facilitada por un grupo de mamás de la comunidad educativa, que sábado a sábado intentaban educar en la fe a un grupo de infantes que apenas entendíamos un poco, pero que teníamos altas expectativas de aquello.

Una de las tareas que había de realizarse a conciencia era escoger a un padrino que reuniera algunos requisitos, debía ser alguien que viviera su fe profundamente, que fuera un ejemplo como persona y como cristiano y que fuera capaz de fungir como guía en el desarrollo del ahijado.

Comenzó entonces la búsqueda entre los adultos que conocía. La decisión fue tomada con claridad. Había encontrado a quien pedirle que fuera mi padrino de primera comunión, con aquella claridad que un pequeño puede tener al percibir los valores y cualidades del elegido. Era alguien a quien yo respetaba, e incluso me imponía su presencia seria y siempre recta, además de su gran altura; era alguien que vivía su fe a través de su participación en grupos de matrimonios y de familias, era un profesionista dedicado a su trabajo y a su familia y era hermano de mi papá, un año mayor que él, compañero en el Tec, aunque en distinta carrera. Elegí a mi tío Eduardo, a quien conocía bien y admiraba, y quien siempre estuvo presente en mi vida de una u otra forma. Recuerdo que muchos domingos de la infancia nos reuníamos con su familia, la de mi tío Jorge y la nuestra en múltiples formatos y actividades, desde una visita a la cochera de alguno de las casas hasta un viaje al terreno campestre o a algún paraje del estado. La combi blanca podía llevar a muchos en lo que resultaba una fiesta interrumpida por alguna llamada de atención desde el asiento del conductor poniendo orden a los pequeños que ahí viajábamos, como en aquel viaje a la Isla del Padre en el que fui invitado por él y del que guardo gratos recuerdos.

Las navidades eran la ocasión perfecta para reunir al resto de los hermanos y sus familias, usualmente en León, Guanajuato, ciudad natal de casi todos ellos. Las noches de posada seguidas de los juegos y la cena se llenaban de risas y de convivencia familiar que hoy todavía se respira cuando nos reunimos con los hijos y los nietos y podemos recordar de aquellas anécdotas, como la del célebre “Spain in Llamas” que mi padrino serviría como coctel detonante de otras anécdotas divertidas.

En aquella época, alrededor de los 80, dejaba mi tío Eduardo la vida laboral en el sector privado y se integraba a la política como medio para continuar su labor de servicio y de trabajo por sus semejantes. Lo acompañé como simpatizante en caravanas y eventos que más tarde le darían la oportunidad de ocupar cargos de elección popular en administraciones locales, estatales y federales, y de ser partícipe desde varias legislaturas, de dar rumbo al Estado de Derecho del país.

Aun en sus últimos años continuó sirviendo hasta que pudo hacerlo, y dando ejemplo de hombre congruente con sus valores, con sus ideas y sus creencias en cada rol que le fue confiado en sus 81 años. El mismo hombre que cuando lo necesite me dio un consejo, serio y directo, incluso cuando decidí entrar al seminario se dio tiempo para cuestionarme y brindarme su apoyo, me dio un libro entonces y luego, años después me regaló otro cuando decidí que la vida matrimonial era mi camino.

Hace unas semanas, cuando todavía hablé con él, antes de irme me llamó en privado y me dijo, “no me has mandado tu columna. Mándamela a mi correo electrónico para que pueda leerla”. Así lo hice un día después, con pena por haberme olvidado de hacerlo antes. Espero que pudiera leerla como lo hacía cuando la recibía en papel o en electrónico.

Hace unos días terminó su misión en la vida y se fue, luego de luchar por continuar viviendo, y dejando tras de sí un legado que vive en su familia y en todos los que pudieron disfrutar de su presencia, de su ejemplo como hombre de trabajo, de servicio a los demás, de vida íntegra y congruente, de rectitud férrea, de fe y de familia, siempre y primero de familia. Quien ha hecho lo que debía hacer con esfuerzo y trabajo honesto seguramente podrá sentirse pleno y realizado al final de su camino y se encontrará con quien le premiará al final de sus días. El mundo necesita hoy más que nunca personas que quieran tomar la estafeta y continuar el trabajo que hombres de bien como mi tío Eduardo Arias Aparicio hicieron durante su tiempo, en la tierra, a pesar de las adversidades y de la lucha incansable, así, con humildad, sin aspavientos, desde su entorno, haciendo de este uno mejor y logrando la trascendencia en todos los sentidos.

Si continuamos ese trabajo habrá más posiciones de liderazgo ocupadas por gente de bien, con valores claros que sirvan de guía a quien hoy se sienta perdido, que pueda llevar a buen puerto a quien le es encomendado en cada papel que le toque desempeñar. Si no lo hacemos así, alguien más sin esas condiciones y con agendas propias y egoístas continuará llenando esos espacios disponibles y conduciendo a muchos a lugares y situaciones desafortunadas y vacías. Gracias, tío; gracias por tu vida y por tu entrega; gracias por tu ejemplo, tu congruencia y tu integridad.

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