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Ser de hueso coloradoDomingo, 29 de Noviembre de 2015 02:03 a.m.
Hay aficionados que llevan los colores de su equipo tatuados en la piel y en su corazón. Viven con intensidad triunfos y derrotas del club al que han hecho parte importante de su vida. En México, de ellos se dice que son aficionados de hueso colorado. Ser de este material y de este color no es exclusivo del deporte.

Se aplica a cualquiera que muestra una pasión desmedida por un partido político, una ideología, una religión o lo que sea.

En origen, el hueso colorado es un tipo de coral que por tener textura de hueso y ser de color rojizo fue llamado así. Desde muy antiguo, de este material se han fabricado diversos objetos como: collares, aretes, mangos de cuchillos y muchas otras artesanías. A manera de ejemplo, podemos citar que en el año 1600 se hizo un inventario de los bienes muebles que pertenecieron al rey Felipe II y entre estos aparece: “Una mariposa que tiene las alas de hueso colorado y el cuerpo de piedra verde, guarnecida de oro de ocho quilates; que, con las dichas piedras, pesó cuatro castellanos y dos tomines: tasada en cinco ducados”.

Entre los marineros, un puñal o una pistola con cachas de hueso colorado eran muy apreciados, tanto por su aspecto como por su dureza. De la importancia que se daba a este material, en el Siglo XVIII nació una curiosa metáfora. Los navegantes del Golfo de México no en pocas ocasiones se enfrentaron a los fuertes vientos que soplaban del norte. Eran vientos muy intensos, duros (como el coral), y por eso los llamaron vientos de hueso colorado, en contraparte con los vientos leves que por ser suaves como el chocolate los llamaron vientos chocolateros. Cuestión de modismos.

De este nombre, habla el Diccionario Marítimo Español que se publicó en 1831. Ahí se lee: “En la América Septentrional y particularmente en el seno mejicano, denominan Norte de hueso colorado al temporal fuerte que sopla de dicho lado”.

Referencia más temprana dejó Alexander de Humboldt, en “Cementerio Político sobre el Reyno de la Nueva España”, 1811. Ahí escribió: “También en los meses de mayo, junio, julio y agosto; se hacen sentir en el Golfo de Méjico ventarrones muy fuertes, á que se da el nombre de nortes de hueso colorado, pero por fortuna no son muy comunes”.

A mediados del Siglo XIX, México sufría por el enfrentamiento entre conservadores, ligados a la iglesia y a la aristocracia, y los liberales que se identificaban con las clases populares. A los primeros les dieron el mote de  polkos mientras que a los segundos el de puros. Con esto podemos entender un epigrama de Día de Muertos, de los que después llamaron calaveras, que se publicó el 2 de noviembre de 1846 en El Monitor Republicano, un diario del Distrito Federal:

CEMENTERIO DE PUROS: “Aquí bajo de esta loza, yace un puro campechano, tan de quijada, tan vano, que no se perdió gran cosa. Cuando le dieron la mano “San Pablo… tranchete… pulque”, y morir asesinado, pues señor, ese era puro y de hueso colorado. Aquí bajo de esa loza, descansa un puro apagado, murió con melancolía porque no fue diputado”.
Aquí vemos cómo para estas fechas, la expresión “de hueso colorado” ya se usaba como metáfora para referirse a quienes, como fuertes vendavales, se aprestaban a defender alguna ideología o algún partido político.

Durante la Revolución Mexicana, la expresión floreció para referirse a los revolucionarios que defendían a capa y espada alguno de los bandos en pugna. Se hablaba de carrancistas de hueso colorado, maderistas de hueso colorado, etc.

El tiempo ha pasado y el lenguaje de los marineros ha cambiado, ya no se habla de temporales de hueso colorado, la Revolución Mexicana quedó atrás y ya no hay revolucionarios de hueso colorado, pero la expresión se ha mantenido en la memoria de los mexicanos, ahora para referirse a cualquiera que manifiesta una pasión desmedida por un partido político, una ideología, una religión, algún equipo de futbol o lo que sea.
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