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Recuerdos de María Félix en primera personaPor: Eloy Garza Eloy GarzaViernes, 12 de Marzo de 2021 02:00 a.m.

A María Félix la vi dos veces en mi vida sin que me despertara ningún éxtasis místico –o más bien fílmico–. Ciertos personajes, cuando son célebres, olvidan adrede el Manual de Carreño y las normas de urbanidad. Suponen que todo les está permitido porque firman autógrafos, tienen joyas, pieles y fotografían bien (de lejos, ya no en primer plano).

Los viejos famosos del cine van por la vida repitiendo egoísmos, mezquindades y frases sin fortuna, así se apelliden Dietrich, Garbo o Montiel. Disparan insultos, como también decía la Félix (más o menos así, ya no me acuerdo) en una de sus cintas más olvidables.

La primera vez que vi a María Félix fue cruzando la fuente Saint Michel, en París, y una amiga la descubrió entre la multitud del Barrio Latino. Caminaba al lado de tres hombres jóvenes. ¿Qué hacía ahí olfateando aparadores en Saint-Honoré o apostando a sus caballos en el hipódromo?

La segunda vez que la vi (es un decir) fue en su ataúd cerrado y rodeado de alcatraces, en el cementerio Francés de la Ciudad de México. Se acababa de morir a los 88 años y el entonces presidente Vicente Fox la recordó como “artista comprometida con el cambio democrático”. Designar a una celebridad con ese título en México, era equivalente a otorgar en Francia la Legión de Honor. Ahora, a los mayores míticos mejor se les invita a divagar en un pódium. Y nos tenemos que aguantar la retahíla de cursiladas sensibleras.

Viendo una escena de Río Escondido (donde el cacique hace bailar su caballo y la maestra comisionada se queda con el bebé de la muerta por viruelas) uno se sorprende de que la Félix no actuara realmente: le bastaba con posar su rostro de arcángel enojado ante la cámara para justificar su presencia fílmica y cobrar sus millones.

Pese a su fama de devoradora de hombres, la Félix no es símbolo del feminismo ni de la lucha por la reivindicación de las mujeres. Con desplantes y audacias de lenguaje sólo verbal, en su vida se mantuvo dentro de los cánones. Incluso odiaba convivir con mujeres y adoraba a los representantes más conspicuos del 

machismo.

No fue una revolucionaria de las costumbres y tampoco una rebelde genuina, pero sí una diva o, en términos mundanos, una estrella. Aunque esa, la estrella, murió al filmar su última película, a principios de los años 70.

Lo que quedaba desde entonces era un personaje simpático (muy a su manera), que paseaba por las riberas del Sena, sostenida casi en hombros por tres compañeros-muleta.

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