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Recuento de una dolencia personal que tomo con filosofía Por: Eloy Garza Eloy GarzaViernes, 26 de Febrero de 2021 02:00 a.m.

Tengo una bursitis que como todas las bursitis es crónica. Si no tomo una tableta de ibuprofeno, el hombro derecho me duele a mares. Es como una tendinitis que mientras más te ejercitas, más te da la contra.

La pandemia me espantó de los hospitales, así que uso medicina naturista, especialmente la de origen mexica, porque yo personalmente saqué las pócimas milenarias que aparecen en la Historia General de las Cosas de la Nueva España (1585) de Fray Bernardino de Sahagún.

Además, a menudo me aplico compresas heladas en el hombro. Así se me quita por unos días o palio el dolor. Por razones obvias, ya no seré fascista porque no podría levantar el brazo hacia adelante, sin contar con que me caen muy gordo los fascistas. Tampoco podré levantar el puño en alto, como los comunistas, que también sufren sus traumas. O como los falangistas.

Por culpa de mi bursitis nunca seré yogui hindú, pero tampoco correré el riesgo de aquel monje de la India quien por tener levantado su brazo años y años, unos pajaritos le construyeron allá arriba un nido para incubar tres huevitos.

Mi bursitis me impedirá ser un escritor de premio Nobel, porque cada vez que escribo por más de una hora, mi hombro protesta como pelón de hospicio. Tampoco seré campeón de boliche ni pianista renombrado, aunque aprendí a tocar por nota, estudié piano en el conservatorio y de joven soñé con dar conciertos, más allá de amenizar las misas de mi iglesia.

No seré fisiculturista porque se me dificulta hacer una simple lagartija y no nací con dotes de deportista extremo (siempre fui muy malo para el futbol y malísimo para el americano). No seré político porque los políticos agradecen los aplausos del pueblo bueno y para eso hay que levantar los brazos y saludar con la palma abierta.

Yo no me merezco mi bursitis, como otros no se merecen su cáncer, ni su infarto, ni sus callos, ni sus cálculos, ni al holgazán que algunas tuvieron de marido. Pero la vida nos va poniendo frenos, estorbos, impedimentos, hasta que alguien, allá arriba, nos quita la vida por completo y nos archiva. Ese es el final de la obra. Sanseacabó.

Lo que sí puedo hacer sin quejarme, aunque me duela y pegue de gritos, es echar el hombro por una amiga o un amigo. En eso sí cuenten conmigo. Echar el hombro no me quitará la dolencia de mi bursitis, pero hará que se me olvide un rato. O sea, ayudar al prójimo también tiene sus ventajas terapéuticas. Habrá que probar seguido.

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