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Rachel Held Evans (1981-2019)Domingo, 16 de Junio de 2019 00:54 a.m.

Ninguna comunidad debe arruinar sus muertes. Mircea Eliade escribió esas palabras y son una advertencia: si no celebramos adecuadamente la vida de alguien que nos ha dejado, cometemos una injusticia hacia esa persona y nos engañamos con respecto a algunos de los regalos que él o ella dejaron.

Con esto en mente, quiero subrayar la pérdida que nosotros, la comunidad cristiana, independientemente de la denominación, sufrimos con la muerte de Rachel Held Evans, quien murió, a los 37 años, el 4 de mayo. 

¿Quién fue Rachel Held Evans? Ella desafía una definición simple, además de decir que era una joven escritora religiosa que escribió con una profundidad y un equilibrio allende de sus años, mientras relataba sus luchas para pasar de una fe profunda, sincera e infantil en la cual se había criado hasta llegar eventualmente a cuestionarse, y a una fe más madura, a la que ahora estaba dispuesta a enfrentar con todas las preguntas difíciles dentro de la fe, la religión y la iglesia. Y en este viaje, ella se vio acosada por oposición interna (es difícil analizar tus propias raíces con valentía) y desde fuera (a las iglesias en general no les gusta que te presionen con preguntas difíciles, especialmente por sus propios jóvenes). Sin embargo, el viaje que hizo y articula (con rara honestidad e ingenio) es un viaje que, de alguna manera, todos nosotros, jóvenes y viejos, tenemos que hacer para llegar a una fe que pueda hacer frente a las preguntas difíciles que surgen en nuestro mundo y las aún más difíciles que vienen desde nuestro interior. 

Carl Rogers dijo en su famosa frase: ‘‘Lo que es más personal es también lo más universal’’. El viaje que Rachel Held Evans traza desde su propia vida es, según mi opinión, lo universal de hoy, es decir, la fe ingenua de nuestra infancia que inevitablemente se enfrenta a desafíos, preguntas y burlas en la edad adulta, y eso nos exige una respuesta más allá de las clases de religión dominicales y el catecismo de nuestra juventud. Entre estas preguntas y desafíos, se encuentra la de justificar la pertenencia a una iglesia, dada la propensión dentro de nuestras iglesias a la infidelidad, la estrechez, las actitudes críticas, la renuencia a enfrentar la duda y la tentación perenne de casar a los evangelios con su favorita ideología política. 

Rachel Held Evans luchó por hacer el viaje desde la ingenuidad de la infancia, con toda su inocencia y magia, donde uno puede creer en Santa y el Conejito de Pascua y tomar historias bíblicas literalmente, a lo que Paul Ricouer llama ‘‘segunda ingenuidad’’ donde, a través de una interacción dolorosa entre la duda y la fe, uno ha podido trabajar a través de la sofisticación conscriptiva que viene con la edad adulta para re-enrizar la inocencia y la magia (y la fe) de la infancia sobre una base que ya ha tomado en serio la duda y la desilusión que nos acosan al enfrentar la edad adulta. 

El filósofo irlandés John Moriarty, cuya historia religiosa se asemeja a la de Rachel, acuña una expresión interesante para describir lo que le sucedió. En un momento de su viaje religioso, nos dice: ‘‘Me salí de mi historia’’. El catolicismo romano en el que se había criado ya no era la historia a partir de la cual podía vivir su vida. Finalmente, después de examinar algunas preguntas difíciles y darse cuenta de que la fe de su juventud era, finalmente, su ‘‘lengua materna’’, encontró su camino de regreso a su historia religiosa. 


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