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¿Quién lleva la batuta?Domingo, 13 de Diciembre de 2015 05:58 a.m.
La mente es asombrosa, y una de las manifestaciones de su poder es que, con un poco de concentración, puedes ‘‘desaparecer’’ todo lo que rodea a un objeto y dejarlo solo, entonces lo verás como nunca antes. Puedes ver sus movimientos, su geometría, su textura, todos sus detalles y si eres persistente podrás ver hasta su historia.

Así me pasó la noche del jueves, cuando la Orquesta Sinfónica de la UANL ofreció un emotivo concierto navideño. Armoniosos acordes y bellas melodías de villancicos vestidos de gala, poco a poco me llevaron a un estado de trance que me dejó desaparecer primero a los músicos, después a los instrumentos, luego al escenario, por último al director que se fue esfumando para dejar sola a la batuta. Entonces la vi como nunca antes… esbelta, traviesa cual bailarina irreverente, con movimientos de matemática belleza que sometían a la música a sus caprichos. De pronto me golpeó su nombre…

¡Batuta! ¡Qué palabra tan ruda para nombrar tanta sutilidad y elegancia!

Sólo la historia puede explicarnos el porqué de tan tosca designación.
Llegó el día en que en los conciertos, la presencia de un director se hizo necesaria al ser cada vez más los músicos que interpretaban sonatas, sonatinas y demás composiciones. Los primeros directores se auxiliaron de un largo bastón –medía cerca de dos metros–, el cual golpeaban sonoramente contra el suelo para marcar el compás
y mantener el ritmo.

Para nombrar a aquellos bastones, en italiano nació la palabra batuta, nombre muy lógico, ya que en su raíz está el verbo latino battere, cuyo sentido implícito es ‘‘golpear’’. No sobra decir que del mismo verbo nacieron otras voces castellanas como: batalla, combatir, abatir,
debate y batería. Todas ellas encierran, en su origen, el concepto de
‘‘golpear’’. Con especial curiosidad, vemos que batería primero se usó para denotar a los utensilios de cocina, ya que se fabricaban golpeando al metal. Y como normalmente se guardaban unos sobre otros, de ahí quedó que también se llamara así a cualquier conjunto de objetos apilados.

Pero dejemos este paréntesis etimológico y volvamos con la batuta. El ruido del golpeteo, debió ser molesto para el auditorio. Al respecto, se cuenta que el filósofo francés Jean- Jacques Rousseau (1712-
1778) se quejaba del ruido que hacían, hasta el punto en que apenas se podía escuchar la música, ¿lo pueden imaginar?

En otra anécdota, se asegura que el compositor de origen italiano Jean Baptiste Lully (1632-1687), subintendente de música y maestro de capilla del rey Luis XIV (1638-1715) y reconocido como el padre de la ópera francesa, cuando dirigía un concierto se dejó llevar por la emoción, no calculó bien y se dio un fuerte golpe en el pie con su batuta. Aunque el grito que seguramente pegó no estaba en la partitura, ha de haber entrado muy bien en el ritmo de la obra.

Esta anécdota que empezó siendo cómica, al final resultó trágica, ya que la herida se le gangrenó y fue la causa de la muerte de este célebre músico.

Fue hasta después del siglo XVIII cuando las viejas batutas redujeron su tamaño, se hicieron esbeltas y cambiaron su primitiva danza sonora por su hoy danza etérea y silenciosa. Ahora que, para ser justos, no hay que olvidar que el espíritu de la batuta es el de la mano que la conduce y aquí agradezco y reconozco el excelente trabajo de dirección que realizó el maestro Guillermo Villareal en ese entrañable concierto navideño que me llevó a escribir esta historia.

cayoelveinte@hotmailcom
Twitter: @harktos
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