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Quando armas martas, quando martas armasDomingo, 5 de Febrero de 2017 03:20 a.m.

Suelo perderme en textos antiguos, con la seguridad de que en estos viajes algo interesante he de encontrar. Así fue que tropecé con un refrán que ya está muerto, porque hoy ya ninguna boca lo pronuncia, aunque eso no quita que encierre una gran verdad: “Quando armas martas, quando martas armas”, escrito así, con todo el sabor del castellano viejo. Lo encontré en Refranes o Proverbios en Romance, que en 1549 escribió Hernán Nuño y ya se han de imaginar… la gran interrogación en mi frente tratando de descifrar su significado.

Por fortuna, el mismo dicho fue recogido en 1627 por Gonzalo Correas en su obra Vocabulario de Refranes y Frases Proverbiales. Con mucha lucidez, el maestro anticipó que sus lectores del futuro necesitaríamos ayuda para entenderlo y explicó que, en tiempos de paz, los nobles vestían ropajes con forros de piel de marta (mamífero de piel fina) y, en estos tiempos, los impulsivos jóvenes anhelaban vestir sus armaduras, tomar las armas e ir a la guerra; pero, en tiempos bélicos, cuando las penurias y la muerte eran sus compañeras, su alicaído espíritu anhelaba la paz, suspiraba por dejar las armas y volver a vestir aquellos finos ropajes con forro de piel de marta.

No por nada Cervantes dijo que los refranes son sentencias cortas de experiencias largas y, en este caso, el refrán aludido muestra un triste y antiguo rasgo de la naturaleza humana que se manifiesta una y otra vez: no estamos hechos para la paz definitiva, parece que nos aburre.

Con más precisión, Francisco de Quevedo describió este ciclo de la estupidez humana con estas palabras: “Sale de la guerra, paz; de la paz, abundancia; de la abundancia, ocio; del ocio, vicio; del vicio, guerra”. Y así sucesivamente...

Aunque las palabras citadas se escribieron hace varios siglos, no dejan de tener vigencia. Nuestro cerebro reptiliano sigue ahí, con el deseo de dominar a los demás y poseer lo que es de otros. Aquí recuerdo otro dicho antiguo que hacía notar lo siguiente: “Al que tiene mujer hermosa, o castillo en frontera, o viña en carretera, nunca le falta guerra”.

Aunque no nos guste, el equilibrio de la paz es débil; quienes amamos la paz siempre estamos expuestos a la provocación de los bravucones que, por sentirse más fuertes, pretenden mediante la agresión y el terror despojarnos de nuestros bienes, de nuestra libertad y aún de nuestra vida. Cuando nos llevan a estos extremos, aunque no sea nuestro deseo, en cualquier momento el instinto de conservación puede hacernos actores de una guerra. En ese riesgo vivimos constantemente.

La historia está llena de guerras, y todas han sido trágicas para mucha gente. En ellas han luchado por millares hombres viejos, hombres jóvenes y aún niños que murieron, muchas veces, sin saber por qué. Otra vez, un refrán nos habla de los horrores que viven los padres cuyos hijos fueron llamados o llevados a la fuerza a la batalla: “Quien hijo tiene en la guerra, muerto está y vivo le espera”.

Hasta donde se pueda, a la guerra hay que evitarla. Si hay alguien que la añore, mucho le serviría asomarse a una, hay muchos libros que pueden llevarlos gratis a visitar esos horrores. Quizá eso los convenza de que lo mejor es quedarse en “las martas”.


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