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Clima
¿Por qué Las Puentes?Domingo, 21 de Septiembre de 2014 01:04 a.m.
Ahí en donde ahora está la colonia Las Puentes, en San Nicolás de los Garza, en otro tiempo fue  tierra fértil que generosa proveía a los antiguos nicolaítas de abundantes cosechas y tupidos pastizales que hacían florecer a la ganadería. Arroyos cantarines escurrían desde un ojo de agua que brotaba en algún lugar de lo que hoy es la colonia Cuauhtémoc. Sobrevivientes de aquella fertilidad hoy extinta son los viejos árboles, que nostálgicos subsisten en el parque que muchos nombran “Las Arboledas” (aunque mejor sería “La Arboleda”, que ya se refiere a muchos árboles).

“Las Puentes”. Nombre que al escucharse por primera vez no es raro que se crea un error y que debería de ser “Los Puentes”, ya que –hasta donde se sabe– éstos “son muy hombrecitos”. O hay quien se resiste diciendo “¿no será La Fuentes?”. Esto hace necesario aclarar las cosas.

Donde hay arroyos, se hacen puentes para cruzarlos. Así debió ser en este lugar, y los que ahí se hicieron han de haber sido de notarse porque cuando se construyó una hacienda, ésta se llamó: “Hacienda las Puentes”, nombre que habría de perpetuarse en las actuales colonias nicolaítas.

Pero, insistimos, ¿por qué “Las Puentes”?

La respuesta está en el español antiguo, donde había una gran preferencia por asignar a “puente” el género femenino. Sirva decir que así lo empleó el mismo Cervantes en el capítulo XVIII de la segunda parte de “El Quijote”: el hidalgo y su escudero divisan desde una loma dos rebaños de ovejas y carneros que, dice don Miguel, “a don Quijote se le hicieron ejército” y, al punto, comenzó a nombrar a los integrantes del uno y del otro escuadrón: ‘Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata’”.

Este rasgo se ha guardado en viejos refranes, uno de ellos: "Setiembre, o seca las fuentes o se lleva las puentes". Y también en el apellido La Puente –¿recuerdas al famoso entrenador de futbol?–. En 1737, el Diccionario de Autoridades definía: “Puente: f. amb. Fábrica de piedra o madera, que se construye y forma sobre los ríos, fosos y otros sitios que tienen agua para poder pasarlos”. Aquí la abreviación “amb.” nos dice que ya en ese entonces se consideraba una palabra ambigua, es decir, que “bateaba para los dos lados”: podía ser femenina o masculina. Aunque los más preferían decir “la puente”, había los menos que gustaban decir “el puente”.

Por esas extrañas fuerzas que hacen evolucionar al lenguaje, la forma femenina poco a poco se fue abandonando: ya para el Siglo XIX las cosas se habían invertido, los más decían “el puente” y los menos “la puente”. Hoy, y apenas en la edición del Diccionario de la Real Academia Española del 2001, “puente” dejó de ser ambiguo y ya es clasificado como masculino: ¡vaya, hasta que se decidió!

Actualmente, en ese lugar que dio tema a este artículo ya no más arroyos, ya no más sembradíos.

Hoy sólo asfalto y máquinas humeantes. Como recuerdo del escenario perdido quedan unos cuantos árboles asustados que sobreviven en un parque y también un nombre con sabor a castellano viejo: “Las Puentes”.

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos

ARTURO ORTEGA MORÁN:
Investigador en asuntos del lenguaje. Escritor, columnista y conductor de radio. Tiene obsesión por arrancarle secretos a las palabras para luego ir con el chisme.
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