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Monterrey, NL
Clima
Pilón Por: Armando Arias Hernández DeambulandoMiércoles, 12 de Agosto de 2020 02:00 a.m.

El México que pude experimentar en mi niñez y adolescencia, ese que se vivía en las décadas de los setenta y ochenta, era uno que recuerdo con nostalgia y mucha claridad. La forma de vida en nuestra ciudad era, por lo menos, más segura, tranquila y fácil.

Las tiendas donde solíamos comprar lo necesario para alimentarnos o para vestir no estaban en centros comerciales como los conocemos hoy, más bien estaban dispersas por avenidas que recibían a miles de caminantes que recorrían sus banquetas mirando los aparadores y paseando mientras disfrutaban de la oferta de entremeses y dulces o bebidas para aminorar el hambre y la sed.

Una costumbre que en esos años se experimentaba en la calle Madero, o en Padre Mier o en Morelos, que más tarde cerró el paso a los vehículos para convertirse en andador comercial para transeúntes. Las vacaciones de verano, y muchas de las de invierno o de semana santa, las viví entre Monterrey, León Guanajuato y la Ciudad de México, en donde la familia de mis padres se avecindaba. Ahí ocurrieron las aventuras más célebres y memorables que hoy se siguen trayendo a la mesa de la conversación cuando la ocasión lo permite.

En la colonia Estrella, en el entonces Distrito Federal, está todavía la casa que perteneció a mis abuelos maternos, a la que con frecuencia visitaba y en la que pasaba semanas entre juegos, tradiciones y costumbres de aquella capital del país. A unas dos o tres cuadras, apenas cruzando el eje vial de reciente construcción, se encontraba el mercado de aquella zona.

Mientras duraba mi estancia en aquella casa yo me encargaba de surtir la lista de lo que se prepararía para la comida del día. Caminaba unos minutos para llegar a las puertas de aquel recinto lleno de aromas, de formas y colores que mantenían mi atención y mi curiosidad de niño, mientras recorría sus pasillos escuchando el trajín de los marchantes y de los mercaderes que lo mismo vendían frutas coloridas, especias o carne de aves, de peces o de bovinos.

Había locales que ofrecían aguas frescas en vitroleras transparentes que dejaban ver el rojo intenso de la Jamaica o el blanco lechoso de la horchata que invitaban a probar su dulzura y su sabor. Los carniceros golpeaban los trozos de carne con una suerte de martillo dentado para suavizarla y luego con una plancha para extenderla y hacerla rendidora.

Se escuchaban los pedidos a razón de costo por pieza, algo así como "¿me da por favor $10 pesos de milanesa?" o "póngame $5 pesos de limones". Entonces aquella práctica de compra y venta incluía el regateo desatando las pujas y los estira y afloja de las partes.

También era común pasar por los locales pidiendo muestras para degustar lo que ahí se ofrecía y elegir lo ya probado. Pero algo que los comerciantes otorgaban y que despertaba expectativa entre los marchantes era aquello del "pilón". Solo en México se conoce esa palabra por su significado único, ya que en otros sitios representa otras cosas.

El pilón de los mercados era lo que se agregaba como regalo extra a lo que ya se había comprado, y servía para mantener contento al cliente quien se marchaba del lugar con una sensación positiva porque había obtenido un poquito más de lo que había pagado.

"Ahí le va el pilón" decían los vendedores mientras ponían esa pieza extra en la bolsa, acompañando esa acción con una sonrisa.

Dicen los expertos en calidad que superar la expectativa del cliente es una manera de medir su satisfacción con base en la calidad de lo que se ofreció y lo que realmente recibió el cliente. Es como el pilón de los mercados. Hacer las cosas bien, dando el extra, el "pilón",es una de las actitudes que nos mantendrán productivos y vigentes en tiempos como los que hoy vivimos.

 


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