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Pedro Almodóvar, La piel que habito y la pandemia Por: Samuel Rodríguez El Despertar de la MiradaDomingo, 12 de Abril de 2020 02:00 a.m.

Pedro Almodóvar, ese Quijote contemporáneo, realizó en 2011 una de las cintas más potentes de su carrera. “La piel que habito” no es interesante sólo por su excelente estructura narrativa, ni por la gran fotografía o por la edición temeraria, la cinta promueve en nosotros un terremoto interno que además parece predecir la locura del confinamiento que experimentamos en estos tiempos extraños.

Almodóvar es un poeta de la inquietud, sus cintas explotan en el cuerpo de quien se atreve a verlas, y es que su cine es siempre un atrevimiento. Almodóvar se trepa en el espectador, lo seduce para luego colocarlo frente al abismo de la intranquilidad. Su cine es una bomba de tiempo que revienta las certidumbres de la conciencia. 

Esta no es la excepción, sus personajes experimentan un vacío tan profundo que a menudo se desarrolla en un confinamiento del que sólo se puede escapar en la muerte, en la locura, en la violencia o en la rebeldía de los valientes irracionales. No hay sitio para la serenidad, es todo estado de alarma, todo estado de agitación. El confinamiento es eso, un estado de excepción en el que las convivencias están fracturadas, los límites de la realidad se reducen y nos vemos obligados a lidiar con los abismos internos. “En La piel que habito”, el exterior nos va dejando poco a poco, estamos abandonados y escondidos dentro, muy dentro de nosotros mismos, tan adentro que nunca podremos regresar al exterior como lo conocimos alguna vez. Alguien más ha trastornado para siempre nuestra relación con el afuera.

La pandemia nos ha revelado que habitamos en la misma posición que los personajes de esta magnífica cinta. En un sentido, todos somos ahora un personaje de Almodóvar. Nuestra relación con el exterior ha entrado en un largo y poderoso corto circuito, estamos en un constante estado de alerta, a expensas de un exterior que cada vez se aleja más de nuestro círculo íntimo, estamos condenados a organizar lo mejor que podemos el vacío interior, determinados por personajes siniestros que van modificando nuestra conducta y entregándonos trozos de información que no hacen más que reforzar el control que ya tenían sobre nosotros. Así, lentamente nos van modificando hasta ocultarnos en lo profundo, de tal manera que ahora tendríamos que hacer un esfuerzo tremendo para recuperar aquello que fuimos alguna vez, con el peligro de perdernos en la locura o la sumisión.

Los personajes se ven obligados a ceder su voluntad, el confinamiento en Almodóvar los coloca ahí mismo, donde están tan replegados que no tienen la más mínima posibilidad de decidir por ellos mismos. Esto se presiente en medio de la pandemia; si algo es cierto, es que hemos perdido casi por completo la capacidad de decidir. Deciden por nosotros mientras nos experimentamos como mascotas de la historia que para lo único que sirven realmente es para consumir y para esperar. Así, estamos en una posición ideal para que quien detenta el poder sobre nosotros, cualquier poder, se sienta con derechos para arrasarnos.

Las salidas que Almodóvar da a sus personajes en confinamiento son demoledoras. “En La piel que habito”, todos experimentan en mayor o menor medida un encierro, todo se impacta directamente en el cuerpo de los protagonistas, todos son solitarios y sin un verdadero lazo con los demás y todos, todos, están incapacitados para entender la realidad que los abruma.

Almodóvar tiene razón, las circunstancias nos han replegado hasta lo que antes nos parecía improbable, y nos adelanta que será imposible regresar a la realidad como la conocimos o creímos conocer. Para entonces, las circunstancias mismas habrán hecho su efecto y para reinventarnos en el exterior tendremos que explotar nuestra rebeldía o resignarnos a ser siempre un invento de alguien más. 

El arte, la filosofía, el pensamiento nos ponen en guardia, nos despiertan en la alarma. Hoy, que experimentamos en carne propia avatares dignos de la mente de los grandes genios del arte, y que nos vemos desprovistos de capacidades analíticas que han sido sistemáticamente eliminadas por la educación tradicional, tenemos aún a los pensadores y a los artistas verdaderos para ponernos en guardia y aprender a activar nuestra rebeldía cuando sea necesario. Sin esto, el camino para liberarnos de lo que han hecho de nosotros será imposible de remontar.

samuelr77@gmail.com

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