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PASIVIDAD ACTIVA Por: P. Alejandro Ortega Trillo Alejandro Ortega TrilloLunes, 21 de Diciembre de 2020 02:00 a.m.

Todo lo que viene de Dios porta el sello de lo virginal; no requiere más intervención humana que una "pasividad activa". Le ocurrió a María, y nos ocurre a todos. Por "pasividad activa" entiendo, en esencia, tres disposiciones: escucha, docilidad y colaboración. 

Quien escucha puede parecer pasivo, pero no lo es, si su escucha es verdadera. La psicología del lenguaje ha puesto de relieve la diferencia entre "oír" y "escuchar" –análoga a la de "ver" y "mirar"–. Oír es un fenómeno físico-sensorial; escuchar es un acto profundamente personal: es abrir la mente y el corazón para acoger el mensaje que alguien más nos está comunicando. La Virgen María escuchó la palabra del ángel, y acogió en su vientre y en su corazón a aquél que es la palabra de Dios. 

La docilidad requiere humildad para dejarse conducir sin reservas por un camino que no hemos elegido; y también confianza, sobre todo cuando no es posible prever a dónde lleva ese camino. La Virgen María fue plenamente dócil a la voluntad divina: aceptó sin reticencias el plan que se le proponía, sin la menor idea –cabe decri– del camino que habría de recorrer junto a su hijo. 

La pasividad activa, por último, no es una quietud absoluta; supone colaboración: poner al servicio de una propuesta divina todos nuestros dones naturales y sobrenaturales, sabiendo que en ello están en juego el plan de Dios y el "para qué" de nuestra vida. La Virgen María puso todo lo que ella era al servicio de ese plan divino: su cuerpo virginal para recibir y gestar al Hijo, su corazón de madre para amarlo y arrullarlo, la habilidad hacendosa de sus manos para arroparlo y asistirlo durante 30 años, su talante formador para educarlo, su intuición femenina para adivinarlo tantas veces, y una casi infinita capacidad de sufrimiento para acompañarlo hasta la cruz. 

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