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Palabras mayoresDomingo, 5 de Noviembre de 2017 01:09 a.m.

Cuando algo nos parece muy importante o muy lejos de nuestro alcance, solemos ponernos serios y con cierta frustración decimos: “Estas son palabras mayores”. Curioso que a esas cosas las cataloguemos como palabras, aunque se trate del auto que no podemos comprar, la casa que nunca tendremos, el empleo que nunca nos darán o hasta la hermosa muchacha que jamás se fijará en nosotros.

Pero ¿por qué palabras y por qué mayores? La respuesta hay que buscarla en los reinos españoles de tiempos medievales. Como a cualquiera de nosotros, a los habitantes de dichos reinos no les gustaba que les dijeran cosas feas, pero había en particular cinco palabras que, cuando se las decían, los ponían negros del coraje y entonces ardía Troya, aquí se las presento:

Gafo: Otra forma de llamar a los leprosos. El nombre viene de gafa, que se asocia con instrumentos en forma de gancho, como las gafas que enganchamos en nuestras orejas. Se llamó así a los leprosos por el encorvamiento de manos que producía la enfermedad.

Sodomético: Así nombraban a los homosexuales por el influjo de Sodoma, ciudad bíblica que según el Antiguo Testamento fue destruida por las perversiones de sus moradores. Eran tiempos muy oscuros, y lo que consideraban que se alejaba de lo natural era duramente recriminado.

Cornudo: Como hoy, así decían al que su mujer le hacía de chivo los tamales. Este adjetivo es antiquísimo y se ha explicado con diferentes hipótesis, tantas que merece su propio artículo, así que por hoy... ahí lo dejamos.

Traidor: El que no era leal súbdito de su rey, acusación que además de deshonrosa era peligrosa. La palabra tiene origen en el verbo latino tradere (trasmitir, entregar) y que por cierto comparte origen con la palabra “tradición” (lo que se trasmite de generación en generación).

Hereje: El que niega los dogmas de la religión. La palabra tiene antecedente en hairein, verbo griego cuyo sentido es ‘escoger’; de ahí hairetikós, ‘capaz de escoger’; tomando luego sentido peyorativo al relacionarse con ‘el que escogió algo diferente a lo aceptado’. Pasó al latín como haereticus y de ahí “hereje”, ya propiamente ‘el que elige un camino distinto al marcado por los cánones religiosos’.

Bueno... acabas de conocer a las palabras mayores, las originales, las cinco verdaderamente grandes. En la antigua España, proferir a un prójimo alguno de estos insultos, era aceptar el riesgo de enfrentar un duelo a muerte o en el mejor de los casos, enfrentar un juicio legal que normalmente desembocaba en severos castigos para el ofensor.

El impacto que tenían en la cultura peninsular estas palabras ofensivas se marcó en la “Nueva Recopilación” (de las leyes de Castilla) promulgada por Felipe II en 1567. Ahí se mencionan las cinco palabras especificando las penalidades a que se hacía acreedor el ofensor que se atreviera a usarlas. Aquí un fragmento en el que se agrega una sexta palabra que parece hacer honor a la mujer, pero si lo miras bien, en realidad lo hacía a su marido (al de ella, no al de usted): “Cualquiera que á otro le dixere: gafo o sodomético, o cornudo, o traidor, o herege , o pu*a á muger que tenga marido, desdígalo ante el Alcalde y ante hombres buenos, al plazo que el Alcalde le pusiere; y pague trescientos sueldos”.

Curiosa la prohibición de decir pu*a solo a las mujeres casadas; o sea, que con las solteras no había problema. Es claro que a quien se trataba de proteger del insulto era al marido y no tanto a la mujer.

Así vemos que las palabras mayores en su origen fueron insultos, grandes insultos y de ahí lo de mayores. No hace mucho, el diccionario conservaba esta definición: “Palabras mayores: Las injuriosas y ofensivas”.

Todo apunta a que fue en el Siglo XIX cuando “palabras mayores” empezó a usarse como metáfora de ‘cualquier cosa importante’, ya sin necesidad de ser palabras ofensivas. Así es como nació el significado que hoy usamos.

¡Ya ven! Ahora sabemos que hubo un tiempo en que las palabras mayores... en realidad fueron palabras.


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