icon_facebookicon_twittericon_linkedinicon_instagram
icon_busqueda
Logotipo El Horizonte
Monterrey, NL
Clima
Palabras en faDomingo, 19 de Febrero de 2017 00:31 a.m.

Además de ser nota musical, fa es una sílaba relacionada con una raíz que encierra el concepto de hablar y que ha dado origen a muchas de nuestras palabras. En latín el verbo era fabulari, que en castellano viejo se dijo “fablar”, y al enmudecer la f nació nuestro actual verbo “hablar”.

A esta gran familia pertenece la palabra “fama”, voz que en su origen encerraba la idea de “hablar de algo”, así que alguien famoso era y es aquel de quien la gente habla. Aunque se puede tener buena o mala fama, la palabra se cargó hacia el lado positivo; es decir, tener fama se entiende por ser conocido y con buena reputación ante la sociedad. En contraparte, de quien cometía un acto deshonroso se dijo que era un infame, palabra que incluye el prefijo privativo in. O sea que, literalmente, “infame” es el que no tiene fama, digamos, el que no tiene buena reputación y no le importa cometer infamias. De este grupo también tenemos “difamar”, que es destruir la buena fama de alguien.

La raíz fa la encontramos también en la voz “infante”, que para nosotros significa niño. Esta palabra viene del latín infans que significa “el que no habla”, pero también “el que habla mal”. En Roma, un infante era un pequeño que aún no podía expresarse adecuadamente, o también lo era un mudo e inclusive decían así a un mal orador.

En los antiguos reinos españoles, cuando nacía el primogénito del rey, al pequeño se le nombraba “infante primogénito heredero”. Con el paso del tiempo, este rimbombante título se abrevió y simplemente se le dijo infante. Luego, en el siglo XIV, al primogénito lo llamaron príncipe, palabra que se compone de primum (primero) y capere (tomar), o sea que príncipe es “el primero en tomarse en cuenta para heredar el trono”. Por esta suerte, los infantes o infantas si eran niñas, pasaron a ser el resto de los hijos del rey, convirtiéndose además en título de nobleza.

Aunque en la sociedad romana los infantes eran los niños de hasta siete años, la palabra se usaba también para designar a los soldados jóvenes (así como nosotros hablamos de los niños héroes, aunque ya no eran tan niños) y como normalmente estos jovencitos eran los que no alcanzaban caballo en los ejércitos, la palabra infante tomó el sentido de “soldado de a pie”, de ahí que a este grupo se le llamara infantería.

En italiano, del latín infants nació la voz “fante”. De ahí, a un tipo de muñeco o marioneta lo llamaron fantoccio que en francés se dijo fantoche. En castellano usamos esta palabra para nombrar a personas necias y presumidas. A propósito del italiano, ahí también, de fante, nació la palabra “fanciullo” (diminutivo familiar de niño). La palabra se acortó y luego se dijo ciullo, que en castellano se dijo chulo, tomando otros significados como picaresco e incluso rufián, pero manteniendo el concepto de “bonito, gracioso”, así como son los niños.

Un variante del verbo latino fabulare fue “fabulor”, que limitó su significado a conversar, narrar, contar una historia. De ahí nació la palabra “fábula” que en su origen abarcaba los significados de rumor, cuento, chisme o historia que se contaba. Poco a poco, fue especializando su significado y ahora la entendemos como un cuentito en el que los personajes son animales y terminan con una moraleja. Como reminiscencia de usos antiguos, nos quedó la palabra fabuloso, que se refiere a algo asombroso, maravilloso, digno de ser contado.

Entre estas palabras hay una poco conocida: “facundo”, que significa “elocuente, desenvuelto para hablar”. Yo espero haber sido así, facundo, hoy que me propuse “fablar” de las palabras en fa.


OpenA