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Palabras de viejosDomingo, 21 de Octubre de 2018 00:39 a.m.

Cuando el peso de los recuerdos sobrepasa al de los sueños, cuando de la despeinada flama que habitaba en los ojos de la juventud sólo queda una serena luz, cuando nuestro cuerpo se agrieta por la pesada carga de años… Ya no hay remedio, la sombra de la vejez nos ha alcanzado y ya no se irá; por el contrario, cada vez se tornará más oscura y con ella llegarán palabras que ya conocíamos, pero entonces serán tan pesadas como el tiempo que nos hemos echado encima.

Nos dirán viejos, palabra que derivó del diminutivo latino vetulus, propiamente “viejito”. ¡Vaya!, al menos hay una raíz de simpatía en la palabra. En sus primeros tiempos, vetus se en latín nombraba a los productos de las cosechas de un año anterior para contrastarlos con los nuevos. Sería después, en el mismo latín, que esta voz extendería su uso para nombrar a todo lo perteneciente a épocas pasadas. Del mismo origen es veteris, nombre que se le daba a los caballos viejos que, por su edad, ya necesitaban de cuidados especiales y a quienes se encargaban de estos menesteres los llamaron veterinarius. De ahí el nombre de estos profesionistas que hoy ya no se limitan a cuidar equinos viejos. Tal vez a estas alturas ya se habrán imaginado que también veteris dio en castellano voces como veterano, vetusto y vejete. En todos los casos, para referirse a lo que ya pasó sus mejores días.

“Ya está chocheando”, se dice de quien ve mermadas sus facultades físicas y mentales a causa de la edad. La expresión es onomatopéyica, es decir, surgió de la imitación de los ancianos que, ya sin dientes y con dificultades motoras, en su intento de hablar no se oye sino “cho, cho, cho…”.

En otros tiempos, a los viejos y su experiencia se les daba su lugar. Como huella de esta circunstancia subsiste la palabra senador, derivada de senex, voz latina que también significaba “viejo” y que era condición necesaria para pertenecer al senado. De la familia subsisten senectud y senil, para de modo elegante referirse a la vejez. Del mismo origen es senior, que evolucionó y adquirió un sentido reverencial, dando lugar en castellano a las palabras señor, señora y también señorita, que etimológicamente descubrimos que significa ´viejita´. No está mal que lo sepan las damas que, cuando alguien les dice “señora”, muy dignas ellas replican: “señorita, por favor”. Las cosas cambian, ahora para ser  señor o senador, ya no hace falta ser tan viejo ni tan digno.

De menos dureza o al menos así parece, es la palabra anciano, que tiene su antecedente en el latín anteannus, literalmente “el que es de antes”. Pariente de otras palabras que guardan el mismo concepto, como: antaño, antiguo y anterior.

Con mucha consideración, en nuestros tiempos se han creado eufemismos para evadir la rudeza de las palabras antes dichas, se habla de estar en la tercera edad, término acuñado en Francia por J.A. Huet, en el año 1950; y de cuño más reciente es la expresión “adulto mayor”, que es preferida por muchos. El caso es que la vejez nos llega con sigilo, un buen día alguien nos dice que ya dimos “el viejazo” y el espejo lo confirma. Lo que en la juventud fueron bromas se convierten en estremecedora realidad: nos damos cuenta que la viejita a la que ayudamos a cruzar la calle es nuestra esposa, y que la frase “yo nunca había sentido…” se hace parte de nuestro vocabulario cotidiano.

Así son las cosas, cuando el peso de los recuerdos sobrepasa al de los sueños, es momento de echar mano de toda la sabiduría acumulada para darle sentido y luz a la recta final de nuestra vida.


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