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Clima
Palabras de oroDomingo, 20 de Marzo de 2016 01:33 a.m.
Aunque ni se come, ni se respira, ni es alivio de enfermedades, ni protege de los peligros que nos acechan, desde tiempo inmemorial el oro ha sido el metal más codiciado. Por el afán de tenerlo, los hombres han asesinado, han esclavizado y han arrasado pueblos enteros.

Pero, ¿de dónde nació esa avidez irracional por este metal? Tal vez la respuesta, o al menos parte de ella, esté oculta en la historia de su nombre.

Para referirse al brillo del sol, pueblos antiguos acuñaron la palabra *aus que dejó huella en voces que aún conservamos, como aurora, “el momento cuando empieza a brillar el sol”. Quienes habitan en el hemisferio norte, para ver un amanecer tienen que voltear al sur (en realidad al sureste), por eso la palabra latina austral, literalmente “lugar por donde nace el sol”, pasó a significar “sur”; de ahí que llamaran vientos australes a los que soplaban desde este punto cardinal y Australia a esa gran isla que se ubica en esa dirección. Otra palabra de la familia es australopiteco (mono del sur), y no es que los fósiles de este homínido se hayan descubierto en Australia, no obstante fueron nombrados así porque se encontraron en el sur de África.

Las primeras manifestaciones religiosas de la humanidad hicieron del sol una deidad y es explicable que así fuera; después de todo, de este “poderoso ser” emanaba la luz y el calor que daba a los hombres confort y protección. En contraparte, su ausencia nocturna o su tímida presencia invernal los hacía sentir en desamparo.

Quienes ostentaban el poder creían y hacían creer que pertenecían al linaje del astro rey y por eso querían parecerse a él, así que les vino muy bien ese metal amarillo y brillante con el que podían disfrazarse de sol. Con resplandecientes coronas trataban de emular la aureola solar (otra palabra de la familia) además de forrarse con pectorales, pulseras y demás artefactos hechos de este mineral al que en latín llamaron aurum (brillante como el sol) y que luego en castellano dijimos oro. De ahí quedó orífice y orfebre, dos palabras para nombrar a los artesanos que tienen el arte para convertirlo en bellos objetos.

La asociación del oro con la divinidad solar bien puede explicar el gran aprecio que desde la antigüedad se despertó por este metal y, aunque luego se olvidó esta circunstancia, la ambición por poseerlo no desapareció. Alquimistas gastaron años en balde tratando de encontrar la piedra filosofal que les permitiría transmutar otros metales en oro y gambusinos dejaron su vida en el intento de encontrar el preciado metal.

Recuerdo de la “naturaleza divina” del oro es que a una proporción que aparece en muchos ángulos de la naturaleza, los griegos la hayan llamado indistintamente proporción divina o proporción áurea, relación matemática que incluso hoy en día muchos artistas usan para generar formas bellas.

Del valor que concedemos al oro han nacido metáforas como decir a lo que más deseamos “nuestro sueño dorado” (del color del oro). También a nuestros mejores años los llamamos “los años dorados”. Resaltamos el valor del tiempo cuando decimos que “el tiempo es oro”. Al siglo que le siguió al descubrimiento de América se le llamó “El Siglo de Oro Español”, por el gran beneficio económico, cultural y político que obtuvo España con este hallazgo. Quizá la más extravagante metáfora que aún tiene vigencia es que la riqueza de un país se mida por sus reservas de oro.

También, cuando se descubre que algo que parecía valioso en realidad no lo es, decimos que “enseñó el cobre”, en alusión a monedas u otras joyas que creíamos hechas de oro y que con desencanto descubrimos que sólo las cubría una delgada capa de este metal.

Además, para dejar bien clara la realeza y “divinidad” de este mineral se acuñó el dicho “no todo lo que brilla es oro”. Algo molesto debe sentirse el sol con esta situación, porque en otros tiempos sin duda se hubiera dicho “no todo lo que brilla es sol”.
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