icon_facebookicon_twittericon_linkedinicon_instagram
icon_busqueda
Logotipo El Horizonte
Monterrey, NL
Clima
Palabra ?de caballeroDomingo, 7 de Agosto de 2016 00:53 a.m.
Así como hoy muchos jóvenes sueñan convertirse en futbolistas, en la Europa medieval el sueño era convertirse en caballero. No cualquiera podía serlo, sólo los jóvenes de la nobleza eran aspirantes.

Desde muy temprano se preparaban en el manejo de las armas y se soñaban a sí mismos como héroes defensores de causas justas. Además, era muy gratificante saber que contarían con la admiración y favores de las más bellas damas, que a su vez, se creían aquello de que “sin caballero no hay dama”.

Aunque ha pasado mucho tiempo, nuestro lenguaje conserva huellas de esa romántica época. Para empezar, la permanencia de la misma palabra caballero, que fue el nombre que se les dio a estos personajes porque su transporte y compañero de gestas era un flamante caballo. Hoy, llamamos caballeros a los hombres que se suponen formales y educados. Pero también, cuando nos disponemos a realizar ciertos actos, no tan heroicos y no tan nobles, ya sin caballo corremos por nuestra vida a buscar el baño de caballeros.

En la noche previa al día en que un joven iba a ser armado caballero, se vestía de blanco y pasaba la noche en vela, precisamente velando las armas: espada, lanza, escudo, armadura y demás cachivaches que conformaban su ajuar. De este momento, quedaron las frases “velar las armas” que hoy significa “prepararse para enfrentar una tarea o situación difícil”; y también “pasar la noche en blanco”, o sea sin dormir, como los caballeros que cubiertos con albas vestiduras no pegaban los ojos en toda esa noche tan importante para ellos. En su magna obra, Cervantes narra la graciosa forma en que Don Quijote fue “armado” caballero. En un fragmento se lee:

“Y esta noche en la capilla desde vuestro castillo velaré las armas, y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder como se debe ir por todas las cuatro partes del mundo  buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado”.

Un momento culminante en la ceremonia en la que se armaba al caballero era cuando el gran señor tomaba la espada y le daba un golpe en la espalda, por supuesto que suavecito y no por el lado del filo, si no ¡imagínense! El caso es que a este acto lo llamaban “dar el espaldarazo”; frase que todavía usamos para referirnos cuando alguien recibió un apoyo público ?de un superior.

Otra huella de esta época es la expresión “armas blancas”, con las que nos referimos a cuchillos, espadas y toda esa familia de objetos punzocortantes. Era usual, para evitar accidentes, que las filosas armas se guardaran en fundas o se les colocara alguna protección en la punta. En esta presentación se las llamaba “armas negras”, porque en contraste, cuando se iba a entrar en batalla, se retiraban las protecciones y las armas dejaban ver su brillo (blancura) y por eso entonces eran llamadas “armas blancas”.

Entre las cosas que tenía que enfrentar un caballero, era batirse en un duelo contra otros de su especie; no pocas veces, algunos de ellos caían gravemente heridos y era costumbre que cuando se veían a punto de estirar la pata, con humildad besaban la tierra, como un último acto de gallardía. De ahí quedó la amenazante frase: “te voy a hacer ?morder el polvo”.

El ángulo oscuro de estas historias caballerescas se daba cuando a estos personajes les entraba la inquietud y en prolongada ausencia se iban en bola a las cruzadas. Dejaban entonces a las pobres damas en soledad y soportando el peso del odiado cinturón de castidad; pero como no hay bien que por mal no venga, era ocasión para que en los reinos floreciera el oficio de cerrajero. Nació así otro eterno dicho: “Nadie sabe para quien trabaja”.

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos

OpenA