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Nuestro fortalecimiento interior Por: Ramón de la Peña Manrique Mis reflexionesViernes, 20 de Noviembre de 2020 00:00 a.m.

"No te parece extraño y raro lo largas que parecen dos horas cuando estás en la iglesia y lo cortas que parecen al estar viendo una película. No te parece extraño y raro el poco tiempo dedicado a labores propias de nuestra formación y fortalecimiento interior y el enorme tiempo que le dedicamos a nuestra diversión, a la lectura de novelas, cuentos populares, a la televisión, a repetir chismes o comentarios mordaces en vez de compartir mensajes y comentarios positivos".- mensaje de un exalumno.

Implícitos en el mensaje hay tres ideas: La necesidad de darnos tiempo para fortalecer nuestro yo interior; la necesidad de darnos tiempo para todo aquello que sea importante para cada uno de nosotros; y con dos caminos por seguir: El que menciona Gandhi al decir:  "Evita la religión sin sacrificios"; y lo que se menciona en la Biblia: "Nadie puede amar a Dios, a quien no ve, si no ama a su prójimo, a quien sí ve".

Estimado lector, continúe con ahínco su camino hacia su fortalecimiento interior, a respetar y ayudar a los que lo rodean; si no lo hace, le puede pasar lo que a Gumaro, un hombre flojo, mujeriego, borracho, como ve, todo un dechado de virtudes negativas. Pero algo le pasó a los 28 años y se empezó a portar bien, tan bien que convenció a Soledad, a que se casara con él, pero el mal pudo más que Soledad y Gumaro siguió con su vida inútil, hasta que en uno de sus excesos perdió la vida.

Esa noche, durante el velorio, estaban acompañando a Gumaro, su esposa, su hija y sus tres amigos de francachelas. En eso, Ramiro, uno de sus amigos, con voz emocionada, un poco por el alcohol y un mucho dolor por haber perdido a su amigo de  parrandas, dice: Hoy estamos despidiendo a un amigo que en su corta vida fue una persona responsable, muy querida por todos, trabajador, cariñoso con su familia, en fin, un hombre de bien, un ejemplo para nuestra comunidad.

Soledad, quien había estado escuchando con atención a Ramiro y sin salir de su asombro al escuchar los adjetivos positivos vertidos por Ramiro, se voltea a su hija y le dice: Vámonos mi hija, se me hace que nos equivocamos de muertito, éste no puede ser mi Gumaro.

O le puede pasar también lo que aquel papá, que recién jubilado llama a su hijo que vive ya casado en otro lugar y le dice: Ven a visitarme, hijo, quiero verte. Me encantaría hacerlo, papá, pero ahorita no tengo tiempo, se me ha complicado mi trabajo, me acaban de promover; gracias por llamar, me encantó oír tu voz.  Al colgar el teléfono, se dio cuenta que su hijo era como él había sido con él.

Pues cuando su hijo nació, llegó a este mundo de una manera normal, pero su papá andaba en un viaje de trabajo muy importante. Su hijo aprendió a comer y a hablar cuando él no estaba. Su hijo, a medida que crecía, le decía: Papá, yo quiero ser como tú, pero casi nunca te veo, ¿cuándo podré jugar contigo? Cuando regrese jugaremos juntos, te lo prometo, hoy no puedo hacerlo, ando muy cansado y todavía tengo que contestar algunos mensajes que me llegaron por Internet. Como ven, se cosecha lo que se siembra.

¿Qué podemos hacer para no ser como Gumaro o como el papá del comentario anterior? Yo le recomendaría seguir el camino planteado en mi primera carta en el libro Cartas a mis nietos, en el cual les digo a mis hijos y nietos: Yo me comprometo con ustedes a quererlos y apoyarlos siempre: Me encantaría que me vieran como una persona a quien le pueden pedir apoyo y consejos, una persona a quien le pueden comentar sus problemas. Yo me comprometo a escucharlos y apoyarlos pero sobre todo a quererlos mucho.

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