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Nuestras heridas, nuestros dones y nuestro poder para curar a otros... Por: Ron Rolheiser Ron RolheiserMartes, 1 de Diciembre de 2020 00:00 a.m.

Hace casi 50 años, Henri Nouwen escribió un libro titulado The Wounded Healer (El sanador herido). Su recepción estableció su reputación como mentor espiritual único y se convirtió en uno de los escritores espirituales más influyentes del último medio siglo. ¿Qué hizo que sus escritos fueran tan poderosos? ¿Su brillantez? ¿Su don para la expresión? Tenía talento, sí, pero así también muchos otros. Lo que lo distinguió fue que era un hombre profundamente herido y desde ese lugar inquieto dentro de él emitieron palabras que fueron un bálsamo curativo para millones.

¿Cómo funciona esto? ¿Cómo ayudan nuestras heridas a curar a otros? No lo hacen. No son nuestras heridas las que ayudan a curar a otros. Más bien, nuestras heridas pueden colorear nuestros dones y talentos de tal manera que ya no provoquen resistencia y envidia en los demás, sino que se conviertan en lo que Dios quiso que fueran, dones para agraciar a los demás.

Lamentablemente, a menudo ocurre lo contrario. Nuestros dones y talentos a menudo se convierten en la razón por la que no les agradamos y tal vez incluso nos odien. Aquí hay una dinámica curiosa. Nosotros no dejamos que los dones de los demás nos agracien de forma automática ni fácil. Muy seguido, somos reacios a admitir su belleza y poder y nos resistimos y envidiamos a quienes los poseen y, a veces, incluso los odiamos por sus dones. Esa es una de las razones por las que nos resulta difícil simplemente admirar a alguien.

Sin embargo, esta desgana en nosotros no sólo dice algo sobre nosotros. A menudo también dice algo sobre las personas que poseen esos dones. El talento es algo ambiguo, se puede utilizar para afirmarnos, para separarnos de los demás, para destacar y estar por encima, más que como un don para ayudar a los demás. Nuestros talentos se pueden utilizar simplemente para señalar cuán brillantes, talentosos, atractivos y exitosos somos. Entonces simplemente se convierten en una fortaleza destinada a empequeñecer a los demás y diferenciarnos.

¿Cómo podemos hacer de nuestros talentos un regalo para los demás? ¿Cómo podemos ser amados por nuestros talentos en lugar de ser odiados por ellos? Aquí está la diferencia: seremos amados y admirados por nuestros dones cuando nuestros dones estén coloreados por nuestras heridas para que otros no los vean como una amenaza o como algo que nos distingue, sino más bien como algo que les dota en sus propias deficiencias. Cuando se comparten de cierta manera, nuestros dones pueden convertirse en obsequios para todos los demás.

Así es como funciona el álgebra: nuestros dones no se nos dan para nosotros, sino para los demás. Más, para ser eso, necesitan estar teñidos de compasión. Llegamos a la compasión al dejar que nuestras heridas se hagan amigas de nuestros dones. A continuación, se muestran dos ejemplos.

Cuando la princesa Diana murió en 1997, hubo una gran efusión de amor por ella. Tanto por temperamento como por ser sacerdote católico, yo normalmente no soy dado a lamentarme por las celebridades; sin embargo, sentí un profundo dolor y amor por esta mujer. ¿Por qué? ¿Porque era

 hermosa y famosa? No, no por eso. Muchas mujeres que son hermosas y famosas y son odiadas por ello. La princesa Diana fue amada por muchos porque era una persona herida, alguien cuyas heridas tiñeron su belleza y fama de una manera que indujo amor, no envidia.

Henri Nouwen, quien popularizó la frase "el sanador herido", compartía un rasgo similar. Era un hombre brillante, autor de más de cuarenta libros, uno de los oradores religiosos más populares de su generación, trabajó tanto en Harvard como en Yale, una persona con amigos en todo el mundo; pero también un hombre profundamente herido que por sí mismo admitía repetidamente, sufría inquietudes, angustias, celos y obsesiones que ocasionalmente lo llevaban a una clínica. Además, según admitió él mismo, en medio de este éxito y popularidad, durante la mayor parte de su vida adulta luchó por simplemente aceptar el amor. Sus heridas se interpusieron siempre. Y esto, su yo herido, colorea básicamente cada página de cada libro que escribió. Su brillantez estuvo siempre coloreada por sus heridas y es por eso que nunca fue auto-afirmante sino siempre compasivo. Nadie envidiaba la brillantez de Nouwen; estaba demasiado herido para ser envidiado. En cambio, su brillantez siempre nos conmovió de una manera curativa. El era un sanador herido.

Esas palabras, herido y sanador, se ordenan entre sí. Estoy convencido de que Dios nos llama a cada uno de nosotros a una vocación y a un trabajo especial aquí en la tierra, más sobre la base de nuestras heridas que sobre la base de nuestros dones. Nuestros dones son reales e importantes; más sólo agracian a los demás cuando la singularidad de nuestras propias heridas les da una forma especial de compasión. Nuestras heridas únicas y especiales pueden ayudar a que cada uno de nosotros sea un sanador único y especial.

Nuestro mundo está lleno de gente hermosa, brillante, talentosa y de gran éxito. Esos dones son reales, provienen de Dios y nunca deben ser denigrados en el nombre de Dios. Sin embargo, nuestros regalos no ayudan automáticamente a otros; más pueden hacerlo si están teñidos por nuestras heridas para que fluyan como compasión y no como orgullo.

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