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Nombres de cariñoDomingo, 22 de Marzo de 2015 01:15 a.m.
Para demostrar afecto a nuestros allegados, en especial a los pequeños, en el ambiente familiar solemos usar formas abreviadas y cariñosas para nombrarlos.

A un Rafael solemos decirle ‘‘Rafa”, a una Teresa ‘‘Tere”, a Guadalupe ‘‘Lupe” o ‘‘Lupita”, y así podríamos llenar un libro de ejemplos. A estos nombres de cariño, los lingüistas los llaman hipocorísticos, voz griega que significa ‘‘acariciante” o menos literal ‘‘nombres que acarician”, ¡vaya!, nada mal.

En muchos casos, la forma en que se desprende el hipocorístico del nombre es muy obvia, como en los casos mencionados. Pero, ¿de dónde sale que a José hay que decirle ‘‘Pepe”?... Y ¿por qué a Francisco le decimos ‘‘Paco”?

Una hipótesis acerca del origen de ‘‘Pepe” propone que en tiempos antiguos, cuando se hacía referencia a San José lo llamaban ‘‘Jesus Christi Pater Putatibus” que significa padre putativo (adoptivo) de Jesucristo. Con el tiempo, los copistas usaron la abreviación JHPP y después PP. De esta abreviación, dicen, salió el hipocorístico ‘‘Pepe’’.

A los ‘‘Pepes’’, que quizá no les haga mucha gracia su relación con putativo —por aquello de los albures—, les tengo una buena noticia: en realidad, el origen de ‘‘Pepe’’ como casi todos los hipocorísticos está en el ambiente familiar y es fácil de entender cuando sabemos que, en la antigua España, el nombre era Josepe, variante de la forma italiana Giuseppe, como se lee en el siguiente texto del año 1400; en un castellano medio “antiguón” pero que más o menos se entiende: “...E pasaron omnes mercadores; e corrieron, e alçaron a Josepe del pozo, e vendieron a Josepe a los Moros por veynte pesos de plata”.

Bueno, “por si las moscas”, esto quiere decir: “...Y pasaron hombres mercaderes y corrieron, y alzaron a Josepe del pozo, y vendieron a Josepe a los Moros por veinte pesos de plata”.

No es difícil imaginar a un niño pequeño llamado Josepe que apenas empiece a hablar y que al querer decir su nombre pronuncie ‘‘Pepe”. Los padres, a manera de solidaridad y de cariño, lo seguirían llamando así. De modo que ‘‘Pepe”, es la pronunciación infantil de Josepe. La misma explicación funciona para ‘‘Chepe”, usado en algunos lugares.

Otro hipocorístico que despierta la curiosidad es ‘‘Paco”, como le decimos a Francisco. De éste también hay una hipótesis que a mí se me hace “muy ojona pá paloma”. Buitrago y Torijano, filólogos españoles, dicen que Francisco en tiempos pasados se escribía Phrancisco y con el afán de “ahorrarse tinta”, los escribanos usaron la abreviación Phco. De ahí, con solo intercalar una “a” para hacerlo pronunciable, surgiría el hipocorístico “Paco”.

No, para explicar este nombre de cariño, otra vez hay que buscar en el ambiente familiar y buscar a un pequeño Francisco y hacerlo pronunciar su nombre. Nada raro sería que dijera algo así como ‘‘Paquico”. Los padres, de cariño lo seguirían llamando así. Al dejar de ser pequeño, a ‘‘Paquico” ya no le haría mucha gracia que le llamen de una forma que parece un diminutivo y menos delante de sus amigos. Entonces, tratando de darle su lugar al muchacho, los padres quitarían la apariencia de diminutivo a ‘‘Paquico” llamándolo ‘‘Paco”. Este efecto lo vemos en Benito que, cuando crece, solemos llamarlo ‘‘Beno”. Así, por mecanismos similares, podríamos explicar otras variantes como ‘‘Pancho” y ‘‘Patico”.

Estas historias nos enseñan que si hay que explicar el origen de los hipocorísticos, o ‘‘nombres de cariño’’ como mejor nos gusta decir, hay que hacerlo en el ambiente familiar, observar la forma de hablar de los pequeños y también de los padres cuando les muestran su amor acariciándolos con palabras.

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos

ARTURO ORTEGA MORÁN:   Investigador en asuntos del lenguaje. Escritor, columnista y conductor   de radio. Tiene obsesión por arrancarle secretos a las palabras para   luego ir con el chisme.
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