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No te escondasSábado, 17 de Noviembre de 2018 00:00 a.m.

A todos nos gusta y disfrutamos de los elogios, que “noten” las cosas buenas que hacemos y nuestros éxitos, es más si nos pueden presumir o “citar” qué mejor, este aprecio social desde pequeñitos nos ha sido inculcado, y no me digan que no, nada tiene que ver con la humildad, recuerden aquella estrellita en la frente que seguramente una maestra les colocó, recuerden la alegría que sintieron, y más el orgullo que reflejaron sus padres al compartir este logro con los familiares y amigos.

Aunque parezca increíble, seguimos buscando que nos coloquen esa estrellita (ahora imaginaria en la cabeza). Sin embargo que pasa cuando la estrellita se vuelve inalcanzable para nosotros, nada de lo que hacemos parece ser suficiente, y ese orgullo tan anhelado no aparece. Si, ésta situación también es más común y más cuando esta persona anhelante de estrellitas es la que no las ve, que se devalúa sola, por más que su entorno le reconozca no “se la cree”.

Investigando sobre el tema encontré un libro muy interesante del psiquiatra Fernando Sarráis , este libro se llama El Diálogo, y precisamente aborda el tema de esta plática interna que tenemos con nosotros mismos, a lo que el refiere “conviene dialogar frecuentemente con uno mismo, sin prejuicios y sin temor de ver y aceptar la propia realidad”. Ya que una persona que le cuesta ver sus propios logros, le puede costar trabajo confiar en sí misma, tener seguridad y una percepción optimista del entorno.

Generalmente, “el autoengaño suele ser consecuencia de haber engañado a los demás con anterioridad. Así pues, hay dos antídotos para evitar mentir: aprender a sufrir con buen humor, para ser valiente y no temer sufrir por la verdad, y tener un firme proyecto de persona interior buena y verdadera, que hará que muchas personas nos quieran y, como consecuencia de ese cariño, seremos felices. 

Además, siendo buenos y auténticos (sinceros) la autoestima aumenta y es más fácil querernos a nosotros mismos y vivir con paz interior”, explica Fernando Sarráis.

Lo podríamos resumir con aquella frase tan popular pero a la vez tan sabia de: “prefiero decir ya no juego a que me digan ya no juegas”, aunque la poca capacidad de aceptar nuestros triunfos o de aceptar nuestras fortalezas pudiera ser indicador de autoestima, hay también una buena dosis de temor, de miedo, que los demás sepan que no soy capaz, que me pongan enfrente el letrero “y tú que te creías el rey de todo el mundo” y ¡no serlo! Es en este juego que se precisa entrenar la voluntad para que controle la afectividad y no permita que el miedo nos impulse a mentir a los demás y a nosotros mismos.

Hay dos cualidades específicas del ser humano: la razón y la libertad (que es una cualidad de la voluntad). El psiquiatra Fernando Sarráis explica que “estas dos cualidades son consideradas propias de la cabeza, que ha de dirigir la vida interior y la conducta de toda persona para acertar en el modo de vivir lo más feliz posible en esta vida. El corazón se considera sinónimo de la afectividad, que busca sentirse bien o dejar de sentirse mal en el momento presente, aunque para ello impulse a actuar en contra de la razón”.

Aunque el reto se muestra complicado no podemos olvidar el rol del medio ambiente, los amigos y familia, nos llevan a un espacio donde el enfrentarnos a la realidad dentro de la empatía y la confianza, con el conocimiento de que es por nuestro bien la retroalimentación brindada, será el instrumento de este balance. 


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