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Ninguna, como la tunaDomingo, 28 de Agosto de 2016 02:41 a.m.
Aquel día llegué con mi guitarra y, ante un tribunal que por su seriedad parecía el de la Santa Inquisición, di rienda suelta a mi aguardentosa voz. Como no era menester gran arte para ser aceptado en la Estudiantina de Ciencias Químicas, desde ese momento me convertí en un tuno. Así fue que empezaron los mejores años de mi juventud.

No fue sólo el gusto por la música lo que me mantuvo tantos años en este grupo. Era además la intensidad con la que vivíamos. ¡Cómo no recordar tantos viajes que nos llenaron de recuerdos! ¡Las serenatas que cantamos a muchachas que a veces ni conocíamos! O las maratónicas serenatas a nuestras madres el 10 de mayo, que empezaban a las 8:00 de la noche y terminaban con la luz del sol.

Cuando nos preparábamos para un concierto –una tocada– era todo un rito ponerse aquellos pantalones bombachos que llegaban arriba de la rodilla. Después las medias blancas de enfermera, que cuando las comprábamos teníamos que tragarnos las miradas suspicaces de quien nos atendía; pero, ni hablar, había que cubrir nuestras peludas pantorrillas. Luego una camisa de tela aterciopelada, manga bombacha y vivos dorados. Por último, la capa de la cual pendía una lluvia de listones de gran colorido. Ya listos, bien uniformaditos, cualquiera de nosotros bien pudo servir para publicidad de los cigarros Raleigh o para representar a don Juan Tenorio.

Sin saberlo, recibimos una herencia cultural de siglos, que se gestó desde muy antiguo en España. Aunque en lo referente al nombre las pesquisas nos llevan a la Francia de principios del Siglo XVII. Había en esa época un grupo de indigentes o vagabundos franceses cuyo líder era reconocido, irónicamente, como “Roi de Thunes” (Rey de Túnez). De ahí, en España surgiría el verbo “tunar” con el significado de “vagabundear”. El Diccionario de Autoridades de 1739 definía: “tunar: andar vagando en vida holganza, y libre, de lugar en lugar”.

Después, se derivaron voces como: “Tunante: El que tuna o anda vagando” y finalmente surgió la voz “tuna”, que se definía según el mismo diccionario como: “vida holgazana y vagamunda”.

El espíritu de los estudiantes siempre ha sido el mismo: diversión, desorden, conquista, escándalo y poco o nada de dinero; esto obliga a especializarse en conseguir de gorra: comida y bebida. No fue raro entonces que se dijera de ellos que andaban en la tuna (vida de holganza y desorden). La música les vino al pelo para amenizar sus correrías nocturnas y como recurso para conquistar el corazón de las románticas mozas. Por eso se hacían acompañar de guitarras, bandolinas, bandurrias y panderetas; claro, sin faltar un buen porrón de vino. Fue cuestión de tiempo para que a estos grupos de estudiantes los llamaran “Tunas” o “Estudiantinas”.

Ya a principios del Siglo XIX encontramos estos versos de José Somoza que retratan un ambiente de tunos no muy diferente al que nos tocó vivir: “¡Viva la gresca! ¡Viva la tuna! Corriendo el mundo se hace fortuna; guárdate, Bruna, guárdate, Inés, mira que somos tunos los tres”.

Los que alguna vez fuimos tunos entendemos porqué esta tradición aún sigue viva en las universidades y lo seguirá por mucho tiempo. Todos salimos de la Tuna cargados de buenos recuerdos y algunos, como yo, fuimos más afortunados y por ella encontramos a la compañera de nuestra vida.

Todavía hoy, tunos de aquella época solemos reunirnos para recordar las canciones que sirvieron de fondo a tantas anécdotas. No hace mucho hasta hacíamos labor social visitando asilos de ancianos, llevando un poco de música y alegría. Pero, en una ocasión, justo al salir de uno de ellos, casualmente se activó la alarma de un auto y llamó la atención de unos mozalbetes (que el diablo los guarde en fuego manso); y al vernos salir en bola, gritaron a todo pulmón “¡Fuga! ¡Fuga! ¡Fuga!...” ¡Malditos! Nos mataron las buenas intenciones, porque desde entonces ya no volvimos ahí, no fuera a ser que un día… ya no nos dejan salir.
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