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Necesitamos de la EucaristíaPor: P. Noel Lozano Las cartas sobre la mesaViernes, 4 de Junio de 2021 02:00 a.m.

Esta semana nos ponemos delante de un tema muy hermoso y de una fiesta que de alguna manera polariza toda la semana: la solemnidad del Corpus Christi, recordamos en la Eucaristía la alianza de Dios con los hombres. Esta alianza nace del amor siempre fiel de Dios, atraviesa toda la historia de la salvación y encuentra en los hechos del Sinaí un momento de particular importancia. 

En el Sinaí se estipula de modo solemne una alianza que ya existía, pero que no había sido aún formalizada. Moisés, el mediador, lee el decálogo, el pueblo acepta, se erige un altar, se ofrecen sacrificios y se rocía la sangre sobre el altar y el pueblo. Así, la alianza queda sellada. Sin embargo, esto no era sino figura de la nueva alianza que encuentra en Jesús su culminación como sacerdote de los bienes futuros quien ya no ofrece sacrificios y sangre de animales, sino su propia sangre. En la última cena, Jesús anticipa sacramentalmente su oblación, y establece, por medio de su cuerpo y de su sangre, la Nueva Alianza, la definitiva, aquella que nos da la plena revelación del rostro misericordioso de Dios y la salvación del género humano 

La alianza sinaítica encuentra su culminación y perfección en la nueva alianza que Dios establece con los hombres por medio de su Hijo. La carta a los Hebreos presenta a Jesús como el sumo sacerdote, aquel que ofrece el sacrificio perfecto. Jesús ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros. La alianza ha llegado a su máxima expresión. Ya no es la sangre de animales la que ofrece el sacerdote en el "santo de los santos", ahora es la sangre misma de Jesús, sumo sacerdote, la que se ofrece. El salvador entra de una vez para siempre en el santuario del cielo, está junto al Padre para interceder por nosotros.

En la última cena se anticipa sacramentalmente el sacrificio de Jesús en la cruz, será el ofrecimiento definitivo y fundará la alianza definitiva. La sangre que Jesús ofrece en el cáliz es la sangre de la alianza que será derramada por muchos, es decir, en lenguaje semítico, por todos. En esta cena se evoca la liberación de Egipto y la estipulación de la alianza sinaítica. Dios mismo se comprometía en favor de su pueblo. El pueblo, por su parte, se comprometía a observar los mandamientos. Con la sangre de Jesús se establece la nueva y definitiva alianza. En su sangre, en el don de su vida, se manifiesta el amor del Padre por el mundo, por medio de esta sangre los hombres son liberados de la esclavitud del pecado y absueltos de sus culpas. Dios se compromete a manifestar siempre su amor, su "hesed", misericordia. Ahora el hombre tiene abierto el camino de la conversión y de la vida eterna. En el sacramento de la Eucaristía Jesús no solamente se queda con sus discípulos, sino que funda con ellos su comunión con Dios.

Jesús ofrece a los discípulos su cuerpo y su sangre... El hecho que Jesús ofrezca su cuerpo y su sangre debe siempre hacernos recordar el don de su vida, su muerte en cruz. En la cruz él ha derramado su sangre; con su muerte ha fundado una nueva alianza, la comunión definitiva de Dios con los hombres. Jesús permanecerá para siempre con ellos y será "el crucificado", que ha donado su vida por ellos. 

El Cura de Ars se había propuesto que los hombres de su parroquia recibieran, al menos, cuatro veces al año la Eucaristía. Reto no fácil para los tiempos que corrían. En algún momento el santo llegó a confesar: "he promovido siempre la confesión cuatro veces al año de los hombres. Los que me escuchen alcanzarán la vida eterna". Es sorprendente que el santo cura, siendo tan exigente con sus feligreses, pensara que los hombres que recibieran cuatro veces al año la comunión estaban en camino de salvación. En verdad, la comunión es el alimento de nuestra vida espiritual y cristiana.

Una palabra especial va dirigida a los jóvenes: por la riqueza de su vida, por el grande abanico de sus posibilidades, por las energías tan intensas que surcan su existencia están especialmente necesitados de encontrar a Jesús. Recomendar a un joven la comunión frecuente es ayudarlo a vivir en gracia, es darle fuerzas espirituales para resistir al enemigo; es ayudarlo a jamás perder el ánimo ante un mundo muy agresivo. No nos cansemos de inculcar en nuestra juventud un amor muy personal a Jesús Eucaristía. Y a todos: que este tiempo de pandemia, nos ayude a descubrir la necesidad que tenemos de recibir frecuentemente a Jesús y de revitalizarnos con la gracia de los sacramentos.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros.

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