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Música y verdad Por: Samuel Rodríguez El Despertar de la MiradaJueves, 22 de Octubre de 2020 00:00 a.m.

El poder de la música abre en nosotros otro mundo: el verdadero, el intranquilo, el angustiado, el soñador, el furioso. En fin, el que irrumpe para actuar en medio de la hipocresía de la realidad.

No es casual que la experiencia de la música esté presente en las costumbres guerreras y sexuales de los pueblos antiguos. En tanto seres necesitados de verdad, estamos destinados a musicalizarnos para ir más allá de nuestros límites. Eso que somos y que es indefinible, se ve atrapado en una cantidad ominosa y lacerante de convencionalismos sociales que nos atan y nos reducen, se hace reconocible en la música, nos despierta de un letargo de siglos, para que la vida transformada, ya sea en deseo, o en ira, o en grito revelador, tome posesión del instante.

La experiencia humana y su búsqueda de autenticidad tienen así un aliado indispensable: el poder envolvente de la música operando en nosotros. Si la realidad y la música, como anuncia Nietzsche cáusticamente, no concuerdan, peor para la realidad. La música nos redime de la miseria de los gobernantes, de la maldición de la fe, de la torpeza de los sistemas educativos. La música nos salva de las malas formas del amor y de la terrible aridez de la moral.

En una escena especialmente reveladora, Ulises, el hábil Ulises, va en búsqueda de Aquiles. Lo necesita para tener a los dioses de su lado durante la guerra de Troya. Aquiles, un adolescente aún, se encuentra estudiando en un refugio para señoritas en algún lugar secreto, debe permanecer incógnito para preservar la vida. Ulises descubre el lugar, sin embargo no puede encontrar a Aquiles quien se pierde entre las risas de las niñas y una apariencia andrógina. Ulises nota que en la entrada de la escuela hay un gran escudo de acero, con su espada golpea fuertemente el borde del escudo, extrayendo de él notas sumamente inquietantes, la real y verdadera música de la batalla. Las niñas huyen despavoridas, todas menos una, el niño/niña Aquiles queda fascinado por el sonido arrollador de la guerra, se despoja de sus ropajes de adolescente y pide un arma. La música ha logrado extraer de él su verdadera imagen.

Este acto de liberación aparece cuando el poder de las notas musicales se hace efectivo en nosotros. Nos libera de lo que alguien más nos ha fabricado. Rompe en un solo movimiento fatal y necesario la imagen que nuestros padres, nuestros amigos, la sociedad, o cualquier cárcel conceptual ha logrado formar en nuestra vida y nos sitúa inmediatamente en una batalla a muerte contra las huestes de lo falso.

La música es una necesaria violencia, un veneno activo que ataca directamente a los engaños del mundo; un ariete contra las malas artes, un escudo contra los mecanismos de cualquier opresor.

Este es el poder de la música, el poder de arrancarnos de nuestros límites naturales, el poder de enfrentarnos a lo terrible, a lo desmesurado, de negar los engaños milenarios a los que somos sometidos cruelmente y que han creado en nosotros un ser para la muerte, inmóvil e inauténtico. Lo mismo en Beethoven que en Jimmy Hendrix, lo mismo en Víctor Jara que en Philip Glass, lo mismo en una ranchera de sangre y fuego que en el dulce sonido de una flauta. La música hace brotar al niño libre que navega en el fondo de nuestra sangre, nos levanta del lodo de las costumbres, es el oxígeno interminable que nos salva de la muerte.

Es entonces cuando las palabras de Nietzsche cobran una profundidad interminable: "Sin música, la vida sería un error".

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