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¿Matlachines o matachines?Domingo, 30 de Noviembre de 2014 01:14 a.m.
Cuando el fervor guadalupano de los pueblos mexicanos se desborda por las calles, desde todos los puntos cardinales corren ríos de gente que, olvidando frío, lluvia y cansancio, hacen peregrinación hasta el templo de la Virgen de Guadalupe. Coronando las marchas, incansables danzantes con vistosos atuendos siguen el monótono ritmo de un tamborcillo mientras el viejo de la danza, con grotesca máscara y látigo en mano, se regocija espantando espectadores. Para nombrarlos, las opiniones se reparten: unos los llaman matlachines y otros matachines. ¿Cuál es la buena?... aquí está la historia, y en ella la respuesta.

Por la apariencia prehispánica de los danzantes, uno pudiera pensar que el nombre es de origen náhuatl. No obstante, sobra evidencia de que esta voz nos llegó de Europa. En latín vulgar, mattus significaba ´loco´, y así llamaron a los bufones y arlequines que con sus ´locuras´ pretendían divertir a su público. Entre sus principales características estaba el atuendo, que siempre fue colorido y extravagante.

De mattus, en italiano se formó el diminutivo mataccino (matachino) y así como   espadaccino  dio en castellano ´espadachín´, de  mataccino  resultó  ´matachín´. Del uso español de esta voz hay huellas antiguas y, como ejemplo, de 1609 hay un texto de Francisco de Quevedo que, escribiendo de tradiciones españolas, en una parte se lee, respetando la ortografía original: ´En las fiestas ai antiquisimas costumbres, como las danzas, i matachines i jigantes, i prinzipalmente la que oi llamamos tarasca´.

También en la España antigua surgió el dicho: ´Dejar a uno hecho un matachín´. El cura Sbarbi, en su  Florilegio o Ramillete alfabético de refranes y modismos comparativos y ponderativos de la lengua castellana  (1872), lo explica así: ´Dejar á alguno hecho un matachín:  Dejarle avergonzado y corrido. Alude á la variedad de colores que llevaban antiguamente en su ropaje los matachines, y á que de aquél á quien se sonroja se suele decir que se pone de mil colores, ó que un color se le va y ótro se le viene´.

De cómo apareció la palabra en México, Francisco Cervantes de Salazar, hablando de los bailes de los indígenas, nos dejó una buena pista. En Crónica de la Nueva España, que escribió en 1560, dice: ´Notaron los que al principio miraron en estos bailes, que cuando los indios bailaban así en los templos, que hacían otras diferentes mudanzas que en los netotiliztles, manifestando sus buenos o malos conceptos, sucios o honestos, con la voz, sin pronunciar palabras y con los meneos del cuerpo, cabezas, brazos y pies, a manera de matachines, que los romanos llamaron gesticulatores, que callando hablan´.

Lo más probable es que, cuando los españoles vieron las danzas religiosas de los indígenas, por sus frenéticos movimientos y por su atuendo colorido recordaron a los  matachines  europeos y así llamaron a los danzantes americanos. Es de anotar que los matachines no son, en América, exclusivos de México. También son parte del folclore de Colombia. Aparecen en los carnavales, también con vestuario extravagante y colorido, pero representando el papel de sacerdotes del diablo, en una fiesta popular que es un nudo de raíces religiosas indígenas, africanas y cristianas.

Fue en el norte del país donde la voz matachín se corrompió a ´matlachín´, quizá por un cruce con matlazincas (en náhuatl, ´señores de la red´), nombre de un pueblo prehispánico asentado en tierras de lo que hoy es el Estado de México.

Larga historia la de estos incansables matachines, no matlachines, que han sabido hallar lugares en que, cobijados por el fervor religioso, siguen con su frenética danza que quiere ser eterna.

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos

ARTURO ORTEGA MORÁN:
Investigador en asuntos del lenguaje. Escritor, columnista y conductor de radio. Tiene obsesión por arrancarle secretos a las palabras para luego ir con el chisme.
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