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Margaritas a los puercosDomingo, 17 de Diciembre de 2017 00:42 a.m.

¡Ah, cómo sufría el maestro Jaime! Era claro que la Historia no era lo suyo. Cuando intentaba dar esa clase que le endilgaron en la Secundaria, los nervios le ganaban y de su boca solo salían palabras atropelladas incapaces de atrapar nuestra atención. Por eso, lo común era que nos desentendiéramos de él y de su clase. Entonces estallaba en cólera, repartía regaños a troche y moche y soltaba esa frase que tenía hecha para escapar del momento: “¡Bien dicen que no hay que echarle margaritas a los puercos!”. Luego tomaba sus libros y salía del salón con aire de ofendido, secándose con un pañuelo el sudor que no dejaba de brotar de su amplia frente.

Sin duda, mi gusto por la Historia no se la debo al maestro Jaime, pero al menos de él guardé esa intrigante frase: “No echarle margaritas a los puercos”, que se dice para encarar a quienes no son capaces de apreciar lo que a nuestro juicio es valioso. Por muchos años creí que él se la había inventado, hasta que con sorpresa descubrí que se trataba de una sentencia bíblica que se atribuye al mismísimo Jesucristo cuando pronunció el famoso Sermón de la Montaña. En San Mateo 7:6 se leen estas palabras: “No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen margaritas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos”.

Otro hallazgo fue que, al hablar de margaritas, Jesús no se refería a flores como yo imaginaba, sino a perlas. Y es que, en griego, “margarites” significa “perlas”. De ahí quedó que en latín “margarita” nombrara a la misma joya. Por eso, en la versión latina de la Biblia, Mateo 7:6, se lee: “Nolite dare sanctum canibus neque mittatis margaritas vestras ante porcos, ne forte conculcent eas pedibus suis et conversi dirumpant vos”, que en castellano debe traducirse como: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen”.

Desde tiempos muy antiguos, la expresión no ha dejado de usarse y en la literatura abundan ejemplos. Uno de ellos lo encontramos en El Coloquio de los Perros, que escribió Cervantes en 1613. Ahí dice: “Quedé yo del caso pasmado; el autor, desabrido; los farsantes, alegres, y el poeta, mohíno; el cual, con mucha paciencia, aunque algo torcido el rostro, tomó su comedia, y, encerrándosela en el seno, medio murmurando, dijo: ‘No es bien echar las margaritas a los puercos’. Y con esto se fue con mucho sosiego”.

Ya que hablamos de margaritas, ¿por qué no hablar de “margarinas”? Así se llama esa mezcla de aceites hidrogenados que son imitación de mantequilla. Pues resulta que el nombre le viene del francés “margarine”, y así le pusieron porque para fabricarla, un ingrediente importante es el llamado ácido margárico y ¿de qué color creen que es este ácido?... ¡Correcto! Es de color perla.

Bueno, creo que “no echarle margaritas a los puercos” es una expresión que seguiremos usando por mucho tiempo y es que la recomendación de Jesús cayó muy bien a la naturaleza humana, que vio en este decir una excelente fórmula para desahogar la frustración cuando algo que decimos, algo que hacemos o algo que creemos, no es apreciado por los demás.

cayoelveinte@hotmail.com

Twitter: @harktos


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