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Los ojos del amor...Por: Ron Rolheiser Algunos Consejos Sobre la Oración de un Viejo MaestroMartes, 4 de Mayo de 2021 02:00 a.m.

Imagínese una pareja joven intoxicada con las primeras etapas del amor. Imagínese a un neófito religioso enamorado de Dios, orando extasiado. Imagínense a un joven idealista que trabaja incansablemente con los pobres, inflamado por la sed de justicia. ¿Está realmente enamorada esta joven pareja? ¿Ese neófito religioso está realmente enamorado de Dios? ¿Este joven activista social está realmente enamorado de los pobres? No es una pregunta fácil.

¿A quién amamos realmente cuando tenemos sentimientos de amor? ¿Al otro? ¿Nosotros mismos? ¿El arquetipo y la energía que lleva el otro? ¿Nuestra propia fantasía de esa persona? ¿Los sentimientos que esta experiencia está provocando en nuestro interior? Cuando estamos enamorados, ¿estamos realmente enamorados de otra persona o estamos disfrutando de un sentimiento maravilloso que podría ser desencadenado con la misma facilidad por innumerables personas?

Hay diferentes respuestas a esa pregunta. Juan de la Cruz diría que son todas estas cosas; de hecho, realmente amamos a esa otra persona, amamos una fantasía que hemos creado de esa persona y disfrutamos del buen sentimiento que esto ha generado dentro de nosotros. Por eso, invariablemente, en un momento dado de una relación los poderosos sentimientos de estar enamorado dan paso a la desilusión - la desilusión (por definición) implica la disipación de una ilusión, algo era irreal. Entonces, para Juan de la Cruz, cuando estamos enamorados, en parte el amor es real y en parte es una ilusión. Además, Juan diría lo mismo sobre nuestros sentimientos iniciales de fervor en la oración y en el servicio altruista. Son una mezcla de ambos, amor auténtico y una ilusión.

Algunos otros análisis son menos generosos. En su opinión, todo enamoramiento inicial, ya sea de otra persona, de Dios en oración o de los pobres en el servicio, es principalmente una ilusión. En última instancia, estás enamorado de estar enamorado, enamorado de lo que la oración hace por ti o de cómo te hace sentir trabajar por la justicia. La otra persona, Dios y los pobres son secundarios. Por eso, tan a menudo, cuando el primer fervor muere, también lo hace nuestro amor por su objeto original. Cuando la fantasía muere, también lo hace la sensación de estar enamorado. Nos enamoramos sin conocer realmente a la otra persona y nos desenamoramos sin conocer realmente a la otra persona. La misma frase "enamorarse"(falling in love) es reveladora. "Caer" (falling) no es algo que elijamos, nos pasa. La espiritualidad del Encuentro Matrimonial tiene un lema inteligente en torno a esto: el matrimonio es una decisión; enamorarse no lo es.

¿Quién tiene razón? Cuando nos enamoramos, ¿cuánto es amor genuino por otro y cuánto es una ilusión dentro de la cual nos amamos principalmente a nosotros mismos? Steven Levine responde a esto desde una perspectiva muy diferente y arroja nueva luz sobre la pregunta. ¿Cuál es su perspectiva?

El amor, él dice, no es una "emoción dualista". Para él, siempre que sentimos un amor auténtico, en ese momento estamos sintiendo nuestra unidad con Dios y con todo lo que es. Escribe: "La experiencia del amor surge cuando entregamos nuestra separación a lo universal. Es un sentimiento de unidad... No es una emoción, es un estado de ser... No es tanto que ´dos son como uno´ sino que es el ´Uno manifestado como dos´". En otras palabras, cuando amamos a alguien, en ese momento, somos uno con él o ella, no estamos separados, de modo que, aunque nuestras fantasías y sentimientos puedan estar parcialmente envueltos en una afectividad egoísta, algo más profundo y real que nuestros sentimientos y fantasías está ocurriendo. Somos uno con el otro en nuestro ser y, en el amor, lo sentimos.

Desde este punto de vista, el amor auténtico no es tanto algo que sentimos; es algo que somos. En su raíz, el amor no es una emoción afectiva ni una virtud moral (aunque son parte de ella). Es una condición metafísica, no algo que va y viene como un estado emocional, ni algo que podamos elegir o rechazar moralmente. Una condición metafísica es un hecho, algo en lo que nos encontramos, que forma parte de lo que somos, constitutivamente, aunque podemos estar felizmente inconscientes. Por lo tanto, el amor, y no menos el enamoramiento, puede ayudarnos a estar más conscientes de nuestra no-separación, de nuestra unidad en el ser con los demás.

Cuando sentimos amor profunda o apasionadamente, entonces quizás (como Thomas Merton describiendo una visión mística que tuvo en la esquina de una calle) nos podemos despertar más de nuestro sueño de separación y nuestra ilusión de diferencia y ver la belleza secreta y la profundidad de los corazones de otras personas. Quizás también nos permitirá ver a los demás en ese lugar en ellos donde ni el pecado ni el deseo ni el autoconocimiento pueden llegar, el centro de su realidad, la persona que cada uno es a los ojos de Dios.

Y no sería maravilloso, agrega Merton... "si pudiéramos vernos de esa manera todo el tiempo".

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