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Los libros que llevamos dentro Por: Samuel Rodríguez El Despertar de la MiradaJueves, 19 de Noviembre de 2020 00:00 a.m.

Es inevitable, los llevamos dentro; nos habitan, moldean nuestra conciencia, germinan en nuestro inconsciente. Llevamos dentro una pléyade de personajes incontenibles que pronuncian con nosotros los avatares de nuestra existencia.

A José Arcadio Buendía lo llevamos dentro cuando encontramos nuestro Macondo particular y somos entonces un espíritu activo que desafía con su voluntad a los límites de la sociedad. Lo llevamos dentro cuando la rebeldía propia de nuestra especie encuentra un sitio místico y real a un tiempo para activar sus esperanzas.

Somos la mujer del médico en El ensayo sobre la ceguera de Saramago cuando tenemos la voluntad de ser lúcidos en medio de las catástrofes. Cuando aceptamos a fondo nuestra humanidad, nuestra desolación; cuando asistimos a la caída de todos los valores posibles y aún así logramos entrever que sin el movimiento de nuestra voluntad entonces sí estaríamos perdidos.

Somos Sherlock Holmes cuando movilizamos nuestra sospecha por el mundo que se nos ofrece y nuestra mirada se agudiza para ir más allá de lo banal. En un continente como el nuestro, tomado por la clase política más infame de la historia, esta cualidad es indispensable para no ser víctima de los psicópatas sociales que nos gobiernan. Una dosis de Sherlock en nuestra mirada alarga la resistencia.

Somos un personaje de Rulfo, el viejo de "No oyes ladrar los perros", cuando vamos cargando un peso insoportable en medio de un páramo de muerte. Cuando resistimos en el abismo, en la oscuridad, en la desolación, y encontramos una forma de resistencia que no sale de los dioses ni de la comunidad, ni de nada; cuando detectamos dentro de nosotros una resistencia sorda, interminable, frágil también. Somos este personaje cuando estamos conscientes de que esa resistencia es lo único que nos queda.

Somos un poema de Miguel Hernández cuando no nos dejamos dispersar por las fuerzas nocivas que se erigen como dueñas del mundo. Cuando excavamos en la tierra hasta hacer revivir a la dignidad. Cuando nuestra voz es nuestro ariete y sabemos que la soledad del que grita en medio del desierto por la libertad y la fraternidad pervive y es más poderosa que todas las balas del mundo. "Aquí estoy para vivir /mientras el alma me suene", dice el gran poeta.

Activamos nuestra imaginación con Cortázar cuando dudamos de nuestros sentidos y entonces la imaginación toma el poder, la realidad se modifica y se rebela ante la razón y ante la dictadura de quien nos impide soñar. Leer a Cortázar es convertirse en un luchador por los derechos de la imaginación.

Bebemos café con Giovanni Papini cuando encontramos que las fórmulas sociales parten de un absurdo tan grande que no podemos evitar intentar una liberación hasta las últimas consecuencias. Nos incendiamos con Mario Vargas Llosa cuando escribe La guerra del fin del mundo, y entendemos que las instituciones que nos rigen no sólo son absurdas, sino que son las más grandes productoras de masacres de nuestras tierras. Al leerlo aprendemos a estar alerta y a ser dignos de nuestra propia autonomía.

Arrancamos vitalidad de lo común cuando leemos a los británicos: a Chesterton, a Stevenson, a "Saki" y al incombustible Wilde. Al leerlos la vida se embriaga de la chispa inmemorial de quien sabe contar una historia y en esta historia nos jugamos la vida.

Sin la fuerza de las letras que retan a la densa oscuridad que nos circunda, la existencia seria una cárcel interminable.

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