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Locura del amor Por: P. Alejandro Ortega Trillo Al PuntoLunes, 15 de Marzo de 2021 02:00 a.m.

Todo enamorado hace locuras, porque la razón y el corazón siguen lógicas distintas. Lo que para la razón puede resultar disparatado, al corazón le parece lo más sensato, y hasta indiscutible. Bien dijo Pascal: "el corazón tiene razones que la razón no entiende". 

Dios es un loco enamorado. Lo digo con el máximo respeto, apoyado en la Revelación y el Magisterio. El Papa Benedicto XVI, en su encíclica Dios es amor, no duda en afirmar que Dios nos ama no sólo con amor de amistad ("philía") y donación ("agápe") —según la clásica distinción de Platón—, sino también y sorprendentemente con amor de "éros" —de intensa atracción—. 

Dios se enamoró del ser humano aún antes de haberlo creado. Por ese amor, lo hizo de la nada, lo diseñó a su imagen y semejanza, le insufló su Espíritu, lo colocó en un paraíso, le cedió el señorío sobre la creación y le hizo partícipe de las vertiginosas profundidades de la intimidad mediante la recíproca atracción y compenetración de la pareja original.

Sin embargo, por un misterio incomprensible —el "misterio de la iniquidad", lo llama san Pablo— la humanidad recién salida de sus manos muy pronto se volvió contra su Benefactor. Como dirá san Agustín, rechazó a Dios y se volvió a las criaturas. La Biblia es el dramático relato de un amor divino continuamente rechazado por un rebelde corazón humano. 

Pero Dios es Dios; y su amor es tan creativo que siempre ha respondido a nuestras rebeldías con un amor sorprendente, inédito, inimaginable, capaz de transformarlas en impecables páginas de esa historia que hoy llamamos "de la salvación". En el centro y culmen de esa historia sobresale un hecho contundente, que es su resumen más perfecto: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Unigénito para que todo el que crea en él no perezca, sino alcance la vida eterna" (Jn 3, 16). 

En Cristo, Dios nos ha dado y revelado toda la locura de su amor divino. ¿Qué nos pide a cambio? Creer en ese amor para 

dejarnos amar y transformar. Dios quiera que, a la postre, la locura del rechazo humano no supere en ningún caso la locura del amor divino.

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