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Lo que Facebook se llevó Por: Samuel Rodríguez El Despertar de la MiradaJueves, 3 de Septiembre de 2020 00:00 a.m.

Reconocerá el lector mi insistencia en temas contemporáneos como forma de acercarnos a una realidad que cada vez es mas apremiante. Pero no, no es fácil escribir de estos temas. Cuando uno lo hace, un extraño sabor a catástrofe se siente involuntariamente, provocando el recelo del lector necesitado de esperanzas, de buena onda pues.

Tengo para mi que la buena onda quedará para otro día, un día más claro en el que no nos estemos jugando la vida. O es quizá que la buena onda de este artículo es cimarrona y combativa. Escribir, como yo lo entiendo, siempre fue perseverar en los abismos del presente; así que hoy, siendo las 10:00 de la noche de un martes cualquiera, estoy listo para establecer una pelea contra uno de los dueños del mundo: el Facebook, y más aún contra su gran aliado: los selfies.

No vaya a confundirme el lector con un santo en el desierto, esos que se alejan de los placeres y de los vicios de su tiempo para condenar al mundo y así conquistar su pequeño Infonavit celestial, no. Tengo Facebook y me he tomado selfis, y precisamente porque me debato en ese barro de lo humano demasiado humano es que puedo intentar expresar sus contradicciones.

Me parece increíblemente perturbador que una plataforma como Facebook haya censurado el gran cuadro de Coubert llamado "El origen del mundo" en donde se muestra bella y valientemente la entrepierna de una mujer como símbolo de resistencia ante lo extramundano, al mismo tiempo la plataforma fue utilizada para, según el New York Times en su publicación del 6 de noviembre de 2018, esparcir mensajes que contribuyeron a la limpieza étnica sufrida en Myanmar. Mientras se autonombra juez de barrio del mundo, también es responsable residual de una de las mayores tragedias de nuestro tiempo. En medio, entre esa cirrosis y sobredosis moralista y distraída, están nuestras selfis. Es momento de pensar si quizá nuestros selfis potencíen los discursos de odio, animen las locuras racistas, ejerzan de aditivo para las persecuciones contra inmigrantes, den alas a los intereses oscuros de cientos de pescadores en río revuelto que juegan con la salud o que pervierten aún más la democracia.

Es decir, cuando uno se toma una selfi, las redes se ofrecen como espacios en donde se tiene una voz, y esta voz aparentemente se expresa. Uno cree que se hace visible en el mundo digital que es ya casi más potente que el mundo común. Al darnos la ilusión de validez a través de algo con tanta potencia y tanta historia como el rostro, los discursos del odio detectan que esta súper carretera de información es ideal para validar sus propios intereses. Estos discursos se apalancan en nuestra cara y desde ahí se lanzan con toda su furia contra aquello que consideran su enemigo. Al tomar las redes como plataforma de nuestra personalidad también nos convertimos en escalón de represiones y miserias de todo tipo. Si el vuelo de la mariposa es capaz de provocar un huracán, el click del selfi es capaz de fortalecer a la muerte. Hay que aceptarlo, es posible que erosionemos el mundo con nuestro bello rostro, con nuestro bello, vacío y terrible rostro.

Facebook se llevó la dignidad, o más bien está tratando de redefinirla de acuerdo con sus intereses. Terminaremos, si no somos inteligentes, por adaptarnos a sus exigencias. Al colocarse como policía moral, un policía gigante y poco educado, ha acabado por desquiciarnos.

A final de cuentas, la buena onda, la esperanza está en la posibilidad de combatir.

OpenA