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Lecciones del fracasoDomingo, 17 de Marzo de 2019 01:25 a.m.

¿Qué se debe aprender a través del fracaso, al ser humillados por nuestras propias faltas? En general, esa es la única forma en que crecemos.

Al ser humillados por nuestras propias deficiencias, aprendemos esas lecciones de vida a las que somos sordos cuando nos pavoneamos en confianza y orgullo. Hay secretos, dice John Updike, que están ocultos por salud. Esta lección está en todas partes en las Escrituras e impregna toda espiritualidad en cada religión digna de ese nombre. 

Raymond E. Brown ofrece una ilustración de esto en las Escrituras: reflexionando sobre cómo en un momento de su historia el pueblo elegido de Dios, Israel, traicionó su fe y, por consecuencia, fue humillado y arrojado a una crisis respecto al amor y la preocupación de Dios por ellos, Brown señala que, a largo plazo, este desastre aparente terminó siendo una experiencia positiva: ‘‘Israel aprendió más acerca de Dios en las cenizas del Templo destruido por los babilonios, que en el elegante período del Templo bajo Salomón’’. ¿Qué quiere decir él con eso? Justo antes de ser conquistado por Nabucodonosor, el rey de Babilonia, Israel acababa de experimentar lo que, en toda apariencia externa, parecía el punto más alto de su historia (política, social y religiosa). Israel estaba en posesión de la tierra prometida, había sometido a todos sus enemigos, había un gran rey gobernando sobre ella y tenía un templo magnífico en Jerusalén como lugar de adoración y un centro para mantener a todas las personas unidas. Sin embargo, dentro de esa fuerza aparente, tal vez debido a ella, se había vuelto complaciente en su fe y cada vez más relajada a serle fiel.

Esa complacencia y laxitud la llevaron a caer. En el año 587 a. de C., fue invadida por una nación extranjera que, después de tomar la tierra, deportó a la mayoría de las personas a Babilonia, mató al rey y derribó el templo hasta su última piedra. Israel pasó el siguiente medio siglo en el exilio, sin un templo, luchando por reconciliar esto con su creencia de que Dios la amaba. 

Sin embargo, en términos generales, esto resultó ser positivo. El dolor de ser exiliado y las dudas de fe que fueron provocadas por la destrucción de su templo, fueron finalmente compensadas por lo que aprendió a través de esta humillación y crisis; a saber, que Dios es fiel incluso cuando nosotros no lo somos, que nuestros fracasos abren nuestros ojos a nuestra propia complacencia y ceguera, y que lo que parece éxito es a menudo su opuesto, al igual que lo que parece fracaso es a menudo lo contrario. 

Como Richard Rohr podría expresarlo, en nuestros fracasos tenemos la oportunidad de ‘‘caer hacia arriba’’. 

Creo que no hay una mejor imagen disponible para comprender lo que la iglesia está sufriendo ahora a través de la humillación que se le impone a través de la crisis de abuso sexual clerical dentro del catolicismo romano y también en otras iglesias. Representando la perspectiva de Raymond Brown: la iglesia puede aprender más acerca de Dios en las cenizas de la crisis de abuso sexual clerical que durante sus períodos elegantes de grandes catedrales, el crecimiento creciente de la iglesia y el consentimiento incuestionable a la autoridad eclesial. 

Esta puede aprender más sobre sí misma, su ceguera a sus propios defectos, y su necesidad de algún cambio estructural y conversión personal. 

Con suerte, al igual que el exilio babilónico para Israel, esto también será para las iglesias algo positivo al final. Además, lo que es verdad institucionalmente para la iglesia (y, sin duda, para otras organizaciones) es también verdad para cada uno de nosotros en nuestra vida personal. 

Las humillaciones que nos acosan debido a nuestras deficiencias, complacencias, fracasos, traiciones y ceguera ante nuestras faltas pueden ser ocasiones para ‘‘caer hacia arriba’’, para aprender en las cenizas lo que no aprendimos en el círculo de ganadores. 

Casi sin excepción, nuestros mayores éxitos en la vida, nuestros logros más grandiosos, y el aumento en el estatus y la adulación que vienen con eso,

generalmente no nos profundizan de ninguna manera. 

Parafraseando a James Hillman, el éxito por lo general no trae una pizca de profundidad a nuestras vidas. A la inversa, si reflexionamos con valentía y honestidad sobre todas las cosas que han aportado profundidad y carácter a nuestras vidas, tendremos que admitir que prácticamente en todos los casos, sería algo que tiene un elemento de vergüenza, un sentimiento de inadecuación de nuestro propio cuerpo, algún elemento humillante en nuestra educación, un vergonzoso fracaso moral en nuestra vida, o algo en nuestro carácter sobre el que sentimos algo de vergüenza. 

Estas son las cosas que nos han dado profundidad. 

La humillación crea profundidad; nos lleva a las partes más profundas de nuestra alma. Desafortunadamente, sin embargo, eso no siempre produce un resultado positivo. 

El dolor de la humillación nos hace profundos; sin embargo puede hacernos profundos de dos maneras: en comprensión y empatía, aunque también en una amargura de alma que nos permitiría desquitarnos con el mundo. 

Sin embargo, el punto positivo es este: al igual que Israel en las costas de Babilonia, cuando nuestro templo está dañado o destruido, en las cenizas de ese exilio tendremos la oportunidad de ver algunas cosas más profundas a las que normalmente estamos ciegos.


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