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Las paredes oyenDomingo, 4 de Junio de 2017 00:51 a.m.

¡Qué difícil es guardar un secreto! Basta contárselo a alguien para que, en poco tiempo, sea del dominio público. De nada sirve un “pero no se lo digas a nadie”, porque todos tenemos por lo menos un confidente con el que nos urge saborear lo recién sabido. Y así, de confidente en confidente... Otro tipo de depredadores de los secretos son los espías. Los hay por afición y también por profesión, pero siempre han existido, y como buenos cazadores, en cuanto obtienen una presa se apuran para que los demás se enteren de su hazaña.

Estas circunstancias han dado origen a diversas frases y refranes que se han hecho populares. Entre ellas: “a quien dices el secreto das tu libertad”, “no confíes tu secreto ni al más íntimo amigo; no podrías pedirle discreción si tú mismo no la has tenido”, y muy de tomar en cuenta lo que con fina ironía aconsejó el escritor español Manuel Azaña: “la mejor manera de guardar un secreto es escribirlo en un libro”.

De particular interés es la expresión “las paredes oyen”, con la que se advierte de lo vulnerable que son los secretos y que ninguna precaución sobra para mantenerlos a salvo. Pero, ¿cuál es el origen de este popular adagio conocido en todo el mundo hispanohablante?

Una historia muy difundida es que esta locución tuvo origen en Francia, en la segunda mitad del Siglo XVI, tiempo en que luchas religiosas asolaron a este país. Catalina de Médicis y el duque de Guisa instigaron a los católicos a llevar a cabo una matanza de hugonotes, que así llamaban a los seguidores de Calvino; esto ocurrió la noche del 24 de agosto de 1572, trágico suceso que la historia recuerda como “La noche de San Bartolomé”. Por el ambiente de intrigas palaciegas que se vivía, se cuenta que la reina Catalina mandó construir en las paredes de su palacio conductos acústicos secretos para oír lo que se hablaba en las distintas habitaciones, y así, poder enterarse de cualquier conspiración en su contra. De ahí, según se dice, nacería decir que “las paredes oyen”.

Por mucho tiempo, esta historia se ha tenido por cierta y se ha contado a lo largo y ancho del mundo hispano. No obstante, yo tengo razones para no estar de acuerdo con esta explicación. La reina Catalina de Médicis vivió de 1519 a 1589 y ya, antes de este tiempo, hubo autores que citaron frases parecidas. Veamos una de las más antiguas.

En 1438 , Alfonso Martínez de Toledo escribió la obra Arcipreste de Talavera (Corbacho), donde en una parte, en castellano y ortografía de aquella época, se lee: “Guarda tu lengua e non quieras mucho fablar, en público nin en secreto, de tu menor, ygual, e mayor, e espeçialmente de tu señor o rrey, que por secreto que tú el mal dixeres, guárdate que non pase alguna ave por el ayre bolando, que la lleve las nuevas. Por tanto se dize: Guarda qué dizes; que las paredes a las oras (palabras) oyen e orejas tienen”.

Aparte de los buenos consejos que nos da Martínez de Toledo, nos hace saber que imaginarse a las paredes con orejas es de muy antiguo, muchos años antes de que la reina Doña Catalina apareciera en este mundo. Argumento contundente para derrumbar la historia de los conductos acústicos secretos en las paredes de los castillos.

Creo que no erramos al decir que el verdadero origen de la expresión “las paredes oyen” está en que, desde siempre, a los humanos nos ha encantado el chisme.


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